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Desvirgando al luchador 1


Estaba harto. El circo volante de la lucha libre empaquetaba los trastos de nuevo para volar a una nueva ciudad. Los niños y los padres salían excitados por las vías del estadio, con los ojos aún cegados por la ilusión, pero para mi y el resto de la caravana nada había terminado. Había conseguido deshacerme de los luchadores estrella con sus ideas locas sobre cómo debería desarrollarse su personaje. Cuando empecé en esto me encantaba escucharles, daba lo que fuera por ayudarles. No me daba cuenta de cómo la cocaína y los esteroides les cambiaban. La ilusión que sentía por los luchadores se había ido................  diluyendo temporada a temporada. Cuando empecé a escribir las carreras de estos actores cachas y saltimbanquis veía todos los combates, me sentía como un niño con juguetes vivos de verdad. Ya no.

Cumplí con mis compromisos, ya había citado a los luchadores para el briefing del día siguiente y luego buscaría una sauna local en Internet y algún bruto español que me diera por culo literalmente.

Lo único que me quedaba era atender una petición de un luchador de segunda, Ramón. Era uno de los pocos actores de aquella caravana que me despertaba algo de cariño. No sólo porque estaba buenísimo, sino porque no se había vendido al jefe cuando le ofreció su programa de esteroides por fama. Me despertaban simpatía los segundones y los novatos. Ninguno de ellos alcanzaría la verdadera fama ni tendría camisetas con su imagen y una línea de juguetes representándoles. Todos tenían algún tipo de redaño para no vender sus almas, aunque algunos lo que tenían eran problemas mentales o de ego y no tenían carisma. Ramón era de los de los redaños. Había luchado en la disciplina olímpica, era nieto de luchador profesional. Mantenía su cuerpo limpio y entrenado, la mente equilibrada. Su problema era que no era un hombre del espectáculo. Era tímido y callado entre la multitud. Luchaba mejor que nadie, pero eso era todo. En la lucha espectáculo eso no es ni la mitad de lo necesario.

Entré en el vestuario de segundones. Ramón estaba sentado en un taburete un poco bajo para su altura, con sus enormes muslos abiertos, marcando paquete con su slip rojo de luchador. Tenía el pelo mojado por haberse duchado y le pasaba la manaza por el pelo a un niño de siete años que le enseñaba una figurita de Batista que le había regalado la empresa. Usaba pocas palabras con su hijo, pero el tono que usaba, grave y amable, me resultaba terriblemente seductor. Aunque se había afeitado antes del espectáculo, ya le salía una sombra de barba por el cuello y las mejillas. Ramón me oyó llegar. Al verme levantó a su hijo con las dos manos, le besó en la frente y lo mandó a ver a mamá. El niño correteó obediente hacia el exterior de los vestuarios. El chaval mantenía la espalda recta como su padre y ya se le veían piernas y culo fuertes.

Tengo poco tiempo Ramón – le dije cansado.

Hola Andrés, déme cinco minutos solo, por favor.

Ramón se levantó y cerró la puerta de los vestuarios. Me ofreció una silla, intentando que me sintiera cómodo. La rechacé.

Quería comentarle algo…

Tengo 26 años, diez menos que Ramón, pero mi trabajo me permite ser tratado como superior.

Venga dime – le apremié.

Verá… - me dijo sentándose en un banco contra la pared, delante de mi -, me han comentado que pronto traerán caras nuevas…

Si, eso he oído.

Creo que eso significa que gente como yo nos iremos a la calle.

Es cierto – le expliqué -. Los secundarios tienen que renovarse cada cierto tiempo…

Vi en los hermosos ojos almendra de Ramón que luchaba por construir una frase que resumiera lo que quería pedirme y me convenciera a la vez.

Verá… Yo crecí con esto en la sangre, ¿sabe? – me dijo con los ojos brillándole -, me da igual ser un segundón si puedo vivir todo esto.

No sabía que Ramón tenía un hijo. Pensé en lo que cobran esta gente secundaria y comprendí por qué Ramón siempre se había ofrecido para los tours. Para tener dinero extra para su familia. Mantener a su familia con ese capricho de la lucha debía ser muy difícil.

Quiero quedarme…- continuó -, por eso quiero pedirle ayuda.

Un momento… - le interrumpí -. Ya sabes que la única manera de seguir es que pases a ser parte de la trama principal del espectáculo. Tú estás en las paralelas. ¿Lo sabes no?

Ramón hizo acopio de lenguaje de nuevo, con ese gesto de bajar la cabeza y fruncir el ceño que me producía cierta ternura. Nunca había visto a un hombre tan grande humillarse así.

Por eso… - siguió-. Sé que usted tiene el don. Y he oído que usted es puto y yo haría lo que fuera si usted…

Esa última frase la dijo muy rápido porque supo que me sentaría como un tiro.

¿Qué dices?

Ramón se levantó del banco y se bajó el slip hasta la mitad de sus muslos, dejando colgar unos tremendos cojonazos peludos y una hermosa verga corta y ancha, con una gruesa vena recorriéndolo ya en reposo. Me quedé brevemente hipnotizado por la dotación viril de aquel energúmeno.

Pe… ¡Pero qué haces! – le grité-. ¡Anda tápate eso!

Ramón me miró un segundo. Leí la tragedia en sus ojos. Su plan había fallado. Que plan más tonto, amigo. Se subió el slip avergonzado, bajando la cabeza y la mirada.

Disculpe…- dijo.

A ver, siéntate – le dije.

Ramón se sentó. Su musculoso pecho y abdomen se comprimieron de una forma adorable, reluciendo por el sudor bajo la piel tensa. Se colocó bien el slip para que no le rozara con los lados de sus huevos. Desde que había visto lo que escondía ahí no podría verle de la misma manera. Los huevos de las estrellas del espectáculo estaban atrofiados por los esteroides y la testosterona añadida. Ramón, obviamente, no usaba de eso.

Puedo hacer cosas por ti – le dije-. Tu oferta me interesa. Eres un buen tipo, colega, pero no todo depende de mí.

Ya… - se resignó.

También depende de ti.

Ramón me miró, expectante.

Tendrás que hacer lo que te diga siempre, sin rechistar. Y tienes que entender que ahí fuera se sale a dar espectáculo, no solo a luchar.

Si, lo entiendo

Acércate – le ordené.

Ramón se acercó a mí. Me levanté y le miré a la cara. Qué ojos más hermosos. Le cogí la cabeza, le palpé el cráneo como haría un mercader de esclavos. La línea del pelo, la sombra de la barba. Ramón se pensó que quería algo de él y puso una de sus manazas en mi culo.

Eso cuando te haga una estrella.

No me importa.

A mi si – le espeté-. Soy un artista de esos.

Ramón bajó de nuevo la mirada. Miré su ancho torso. Había vello corto por toda su piel casi inapreciable, como pequeñas agujas que salían de sus músculos. Bajé aprisa a sus muslos, encontré lo mismo, con más espesura si cabe. Grandes vasos sanguíneos recorrían la cara interior de esas columnas curvas. Me habría gustado nacer con esos genes. Yo entrenaba en el mismo gimnasio que los luchadores, aconsejado por los mismos entrenadores, pero siempre seré un hombre pequeño ligeramente musculado. Al menos me llega el vello facial para hacerme una perilla y no soy feo. Pero mierda, quién fuera una bestia grande y peluda como Ramón podía ser.

Precioso… - se me escapó-. Creo que tenemos material para trabajar.

Ramón me miró ansioso.

Primero vas a dejar de afeitarte y depilarte – le ordené-. Si alguien, cualquiera, te dice algo, le mandas a la puta mierda y que hable conmigo si tiene cojones, ¿de acuerdo?

Vale.

Hablaré con el estilista para el peinado – continué -. Haremos un pelo muy corto, así con arte, a tijeras por arriba y tal, pero casi militar. Y tenemos que cambiar tu nombre. Algo típico de tu país. El torero o algo…

No, torero no, por favor, eso es muy hortera. El toro es mejor. – me dijo.

"Bull" suena bien, fácil de escribir para los frikis y te queda bien… No espera… "El Toro" es mejor… Los hispanos lo fliparán.

Contra más lo pensaba, más me excitaba. Ramón me daba mucho juego y con su entrega sincera podría poner a prueba una de mis teorías. Le medí los bíceps y los antebrazos con las manos, no los podía ni medio abarcar de lo anchos que eran.

Esto es lo que haremos – le dije convencido-. Estas vacaciones de verano deja que crezca el pelo. Ve de vacaciones con la familia, envíame fotos de ti, de cara y de cuerpo si es posible cada semana. Por lo demás, sigue entrenando y practicando como sabes, es tu mejor baza. Cuando comience la nueva temporada verás.

Ramón me abrazó por sorpresa. Su cálido pecho desnudo se pegó a mi cara. Su aroma a macho sano me mareó. Notaba su gratitud en su enorme corazón que latía con fuerza contra mi oreja. Noté una ardiente gota caer en mi oreja. Vi como Ramón se llevaba una mano a la cara, sin dejarme ver lo que hacía. Luego se despegó de mí y noté que sus ojos brillaban como si hubiera llorado.

Nunca lo olvidaré, Andrés – me dijo.

Pues ya está – le dije -. Me pondré manos a la obra.

Ramón se movió con más ligereza desde ese momento. Se acercó a su bolsa de deporte sin perderme de vista, invitándome a una cerveza y siendo amable en general. Yo estaba pensando en darme prisa para llegar a una sauna a descargarme, cuando le vi bajarse el slip de nuevo y me deslumbró con sus enormes glúteos.

¿Tienes diez minutos, Ramón? – le pregunté.

Ramón me miró, expectante.

Siéntate. No, no te vistas.

Ramón obedeció. Busqué en su bolsa y encontré una máquina de cortar el pelo a pilas.

Abre las piernas.

Ramón se abrió de piernas y dejó colgar sus enormes cojones en su bolsa, ante mí. Puse la máquina al mínimo nivel y la encendí. Noté como sus enormes músculos se tensaban, por miedo al dolor.

Sooo – le dije como a un caballo -. Tranquilo…

El sonido de la máquina y su respiración llenaron el vestuario. Le posé la parte segura de la cuchilla bajo los testículos. La vibración hizo que remolonearan contentos dentro del escroto. Cogí su gruesa polla laxa y recorrí la superficie de su escroto con la máquina muy lentamente. Su grueso vello púbico crujía al partirse y caer. Noté flujo de sangre entrar en su polla dentro de mi mano, se hinchaba levemente. Para rapar las partes difíciles tuve que atrapar cada uno de sus testículos por separado. Los tenía tan grandes como huevos, me cabía uno en el puño cerrado, caliente, duro y suave a la vez. Su miembro se alzó, grueso y recto, brillando rojo ante mí, babeando por el masaje. Debía medir catorce o quince centímetros, y tenía un calibre sensacional. Terminé de afeitarle los cojones.

El Toro será apropiado…- susurré.

Ramón suspiraba. Su falo palpitaba hacia mi, casi como diciéndome "ven aquí". Sopesé sus testículos con una mano y me tragué su rabo de un bocado. Ni un gesto de disgusto por parte de Ramón. Me lo tomé con calma. Le pasé la lengua por la piel, por el frenillo de su capullo con su grueso prepucio. Ramón no se resistió. Se entregó, tenso al principio, pero se notaba que sentía placer. Me puso una manaza sobre la cabeza y mesó mi cabello como hizo con su hijo, lo que me puso a mil. Le pasé la lengua por el borde del bálano, grueso, como un fresón pero más aguerrido. Aquella cabeza cubierta por su prepucio se veía enorme. Nos adormecimos los dos. Yo me mecía en el ritmo de su respiración y sus cambios, él se perdía en el placer. Bufaba discreto, por la nariz, y le fui llevando al orgasmo con amabilidad, sin presionarle. De pronto, ahogó un gemido, interrumpió su respiración y me bombeó largos chorros de leche espesa y salada. Intenté contener su semen en mi boca para saborearlo pero manaba tanto que si no lo tragaba acabaría por salirme de la boca.

Ah… Ahhhh – gimió Ramón, acariciándome con más fuerza.

Su corrida no se acababa. Parecía como si sus tres chorros iniciales fueran solo el trailer de la eyaculación más abundante del mundo. Su cuerno palpitaba contra mi lengua mientras bombeaba en mi su semilla. Finalmente su orgasmo cesó. Le dejé la polla para no hacerle sentir raro. Le masajeé los testículos una vez más.

Esto es lo único que quiero afeitado. Espero que a tu mujer le guste.

Se tendrá que acostumbrar – me sonrió.

Así se habla.

Es verdad lo que dicen – añadió -, los hombres la chupan mejor.

Gracias – le sonreí.

Me levanté sintiendo su espeso y pesado semen recorrer mi esófago. Él me atrapó un cachete del culo con su mano y me miró a la cara, intentando leerme el pensamiento.

¿No quieres? – me dijo al cabo de cinco segundos.

Cuando te haga un héroe – le contesté con mi culo deshaciéndose por el calor de su mano.

Me sonrió de nuevo. Se secó la polla con su slip, me lo acercó húmedo de semen y sudor a mi boca y me asfixió con él. La sangre me ardió por un momento.

Para ti.

Lo sujeté mientras le veía sonreír. Ya no me llamaba de usted, no me importaba. Su plan le había funcionado al final. Sus cojones se bamboleaban orgullosos como su ego. Aún así, había algo infantil y sincero en su felicidad que me atrapó. Me fui de los vestuarios muy excitado, con la cabeza hirviendo de ideas.

En su primera carta durante las vacaciones sonreía junto a su mujer y sus dos hijos varones, de siete y cinco años. Los dos revoltosos morenos como su padre. Ramón sonreía ya con una barba corta muy atractiva y muy negra. Otra foto en la playa mostraba sus dos enormes pectorales y abdomen oscurecidos por un vello corto juvenil. En una foto sonreía malicioso vistiendo un bañador ajustado que marcaba sus dos cojones con mucha precisión. Ramón escribía a mano y cometía algunas faltas. Lo que decía me apasionaba. Estaba muy esperanzado, me hablaba de su abuelo, luchador profesional durante la dictadura de su país. Había una línea que me dedicaba a mi en la que decía, sin poder precisar por miedo a la mirada de su mujer, que apreciaba mucho que aceptara dentro de mi todo lo que él podía ofrecer. Por lo visto su mujer corría a vaciar su boca en el lavabo cuando él le entregaba su semilla. Cuando le respondí que podía enviarme muestras siempre que quisiera, el muy guarro me envió una polaroid de su mano enguantada en semen blanco y denso y un comentario sobre que en bote no se conservaba bien.

Respecto a mi plan y mi teoría, trabajé mucho con mis amigos de la empresa, el director de arte y los estilistas, maricones cómo no. Creo que los hombres, hasta los doce, catorce años mantenemos una sana homofilia que solo desemboca en homosexualidad en los homosexuales. Todos queremos héroes, padres, cuando somos jóvenes para aspirar a ser mejores, es natural, beneficioso para nuestra supervivencia. En mi opinión, todos somos un poco maricones hasta la pubertad y un poco más allá, como demuestra el amor por los deportes que todos tenemos. Estaba dispuesto a jugarme la carrera por esa idea. Mi plan era convertir a Ramón en el primer oso para niños y adolescentes. El idiota del presidente de la empresa estaba obsesionado con los cuerpos depilados, casi de cómic, y eso le había llevado a tener a sus estrellas tocadas por los esteroides. Más de una vez, alguno de los luchadores estrella, aquejado psíquicamente por el efecto de los esteroides, se había matado o matado a su familia y luego suicidado. La peli 300 había demostrado que las barbas y los guerreros con taparrabos de cuero molan a los niños. Pues Ramón sería el Leónidas de la lucha espectáculo.

Respecto a su promesa, cómo la cumplió y cuando, eso lo explicaré en otro episodio.



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