Saludos tengo 28 años, esto sucedió hace un par de años, pero aún recordarlo me excita y suelo masturbarme pensando en ello.
Mi nombre es Eduardo, soy asistente del director de recursos humanos de un importante conglomerado industrial nacional. Tengo un aspecto varonil, mido 1.88, peso 90 kg, y como desde joven practico deporte tengo un físico desarrollado. El problema que tenía por aquel entonces, es que soy 100 por ciento pasivo en mis relaciones con hombres, y mi compañero debe ser más alto y más fuerte, por lo que son pocos los que cumplen dichos requisitos.
En aquel entonces tenía poca experiencia, había mamado algún par de vergas, pero no me habían penetrado y puesto que mis compañeros de juegos no cumplían los requisitos............... antes mencionados, los encuentros fueron, si bien no del todo desagradables, si insípidos y no muy excitantes.
Todo empezó cuando el director del departamento de mercadotecnia de la empresa más importante del conglomerado fue contratado por la competencia. Mi departamento siempre tenía trabajo, pero en aquel momento estábamos a reventar. Mi labor era en parte buscar candidatos viables a ocupar las vacantes, estudiando el perfil de cada uno de los posibles aspirantes. Encontré entonces varios candidatos viables (Vale decir, que aunque por mi trabajo tengo acceso a especimenes interesantes, nunca mezclo el trabajo con el placer o como dice un proverbio más prosaico, pero, quizá por lo mismo, más claro \"Uno no caga donde come\".), particularmente un sujeto de Chihuahua (una ciudad del norte de mi país) se destacaba. Por aquel entonces, mi trabajo se limitaba a realizar la investigación y presentarle al director del departamento los candidatos que consideraba más aptos para ocupar el puesto vacío. Por eso me extrañó cuando el director me dijo que iríamos juntos a Chihuahua a realizar una entrevista con el candidato.
Sería un viaje corto, ni siquiera un fin de semana completo, partiríamos de la ciudad el viernes por la tarde, el sábado por la mañana realizaríamos la entrevista, para volver a la ciudad el mismo sábado. Preparé todo, pero mientras esperaba a mi jefe en el aeropuerto, recibí una llamada de él por el celular. Me avisaba, que no podría viajar ese fin de semana, por complicaciones en la empresa, que yo viajara, pero que el mismo viernes me pusiera en contacto con el prospecto y le solicitara posponer nuestra entrevista, para el lunes por la noche de la siguiente semana.
Al llegar a Chihuahua inmediatamente puse manos a la obra, contacté al prospecto y arreglamos una cena para el lunes por la noche en un restaurante de la localidad. Llamé a mi jefe. Me comentó que él llegaría a Chihuahua el lunes al mediodía, y que partiríamos el martes por la mañana. Hasta entonces estaba libre, por supuesto los cargos del hotel y cualquier cargo extra correrían por parte de la empresa. El viernes casi concluía, miré un par de programas interesantes en la televisión y luego me puse a dormir.
A la mañana siguiente luego del baño me di cuenta que había empacado pensando en un viaje corto, y que ahora me quedaban cuatro días y tres noches en Chihuahua y sólo un cambio de ropa. Así que me dispuse ir a algún centro comercial, para comprar ropa para los siguientes días. Llegué al centro comercial como a las 11:00 de la mañana, como no nada que hacer y muchas horas por gastar, veía distraídamente los anaqueles, sin mucha prisa.
Una vez que había completado mis compras, cuidando de guardar todas las facturas para poder presentarlas en la empresa, pase por una librería, pues me quedaban muchas horas de ocio por delante. Fue en esa librería donde por primera vez me sentí como una puta. Quizá piensen que estoy exagerando, pero ustedes no vieron el monumento de hombre que yo vi entonces. Era un hombre enorme en todo sentido, cerca de dos metros, monstruosas piernas y brazos rubio, pero con un bronceado rojizo que denunciaba un trabajo al aire libre. Iba vestido con una camisa amplia, pero que dejaba adivinar sus pectorales y su vientre amplio y unos pantalones de mezclilla que se adherían a sus piernas, no porque los usará apretados, sino por el volumen de sus muslos. En dos palabras era un oso rubio. Digo que me sentí como puta por primera vez porque nunca un hombre me había hecho sentir lo que ese gigante me hizo sentir. Quería que me mirara, pero no sólo que lo hiciera, sino que me deseara, que me desnudara con la vista y luego con las manos. Sentía ganas de pasearme delante de él, coqueteándole, sonriéndole con descaró. Mi vientre se sentía extraño, como vacío, nunca, nunca un hombre, me había hecho sentir nada de eso. Comparado con lo que entonces sentía, todas mis experiencias sexuales pasadas eran pálidas imitaciones, ¡y todavía ni siquiera me tocaba!
Mientras lo miraba con lascivia y deseo, el giro la cabeza tan rápida e inesperadamente que me asustó. Bajé la mirada al estante de libros que estaba frente a mí, sin poder pensar. Tomé un libro mecánicamente, intentando, inútilmente, disimular mi nerviosismo, el libro temblaba al compás de todo mi cuerpo y yo era incapaz de leer su portada. Sentí su mirada, pero me era imposible levantar la cara. Mis ojos seguían apuntando en dirección al libro que sostenía mi mano, pero mi cerebro estaba inmovilizado por el vértigo de su cuerpo. Luego de quizá diez segundo, aún con la excitación y la sensación de ser una puta, conseguí dominarme lo suficiente para leer el título del libro \"El fin último de la creación\". Levante la vista, el hombre ya no estaba en el lugar donde yo lo había visto, gire la cabeza buscándolo, una quinta parte aliviado por no tener que enfrentarme nuevamente a su mirada cuatro quintas partes paniquiado por la posibilidad de no volver a verlo. Al recorrer rápidamente 180 grados con la mirada, todo mi ser se atemorizó de haber perdido su oportunidad de ser una puta hecha y derecha. Pero antes de poder dar un paso hacía la salida, en pos del amante perdido, una mano se posó delicadamente en mi cintura. Nuevamente el pánico paralizante se apoderó de mí. Y antes de recobrarme una voz grave me susurró al oído:
-¿Se te perdió algo?-
La voz fue seguida de un calido aliento que despedía un inexpresable hedor a macho. Mi cuerpo nuevamente temblaba sin control. El hombre no esperó mi respuesta y pronunció una sola palabra, definitiva:
-Sígueme-
Lo vi salir de la tienda todavía plantado sin poder moverme, a pesar de que quería iniciar mi caminar, mi cerebro parecía haber olvidado las órdenes para arrancar este complicado proceso. Finalmente luego de un esfuerzo que se me antojó espectacular, pude despegar un pie, el temblor cedió y los siguientes pasos fueron más sencillos. Al salir de la librería eran alrededor de las tres de la tarde, en los pasillos del centro comercial había muchas más personas de las que había cuando entré, pero el hombre era inconfundible. Lo seguí a lo largo del centro comercial y del estacionamiento hasta un viejo Dodge Charger en impecables condiciones. Luego de subir al auto, giró su cabeza buscándome rápidamente me divisó y con un gesto casi imperceptible me indicó que subiera al asiento del pasajero. Así lo hice.
Como ya lo dije, yo no era habitual de los levantones, ni nada por el estilo, por lo que una vez arriba del coche me sentía fuera del lugar, inseguro y cohibido. Pero el hombre no parecía estarlo en absoluto, en silencio encendió el coche y arrancó. Las calles se sucedieron sin cesar y sin ningún sentido para mí, no sabía donde estaba, ni a donde me dirigía y aunque un temor sordo se instaló en mí desde que monté el vehículo, la excitación me decía que yo no podía estar en ningún lugar mejor, que en ese auto y con ese hombre.
Al llegar a un barrio habitacional de clase media, el auto redujo la velocidad. Nos detuvimos frente a una casa blanca, ni muy grande, ni muy pequeña arreglada y ordenada sin pretensiones, pero de tal forma que denotaba buen gusto y sobriedad. Al apagar el auto, me miró y dijo:
-Baja-
Sin duda notó mi duda y como desviaba los ojos hacia las bolsas que contenían mis compras del día. Sin cambiar la expresión del rostro dijo:
-Déjalas ahí, no pienso robarte-
A pesar de que no lo conocía, confiaba en él, e hice lo que dijo. Salí del auto dejando las compras del día en el Charger. Abrió la marcha rumbo a la casa, pero al abrir la puerta se volvió y extendiendo la mano me dijo:
-Pasa-
El primer piso de la casa era prácticamente un solo espacio sin divisiones, sólo la cocina tenía muros que la separaban del resto de la estancia sin embargo los muebles dejaban claro donde terminaba el comedor y donde iniciaba la sala. Cerró la puerta detrás de mí y mientras dejaba las llaves del coche en una pequeña mesa junto a la puerta, me dijo:
-Pásale a la sala, ponte cómodo, ¿quieres algo de beber?-
-No, estoy bien- Fue lo único que atine a responder mientras caminaba a la sala. Él no dijo nada y entró a la cocina. Me quedé en el centro de la sala sin decirme a sentarme o a salir por la puerta principal corriendo. Antes de que decidiera hacer alguna de las dos cosas, el hombre volvió sosteniendo una botella de cerveza en cada mano.
-Siéntate, me llamó Cesar-
Entonces mi mente me traicionó y tartamudeando, le dije:
-Quizá esto es un error, mejor me voy…- Dicho esto comencé a caminar rumbo a la puerta, pero él interpuso su brazo derecho sin soltar la cerveza. Me abrazo suave, pero firmemente. Y me susurró otra vez al oído:
-Cálmate, déjate llevar- El suave calor de su aliento en mi nuca, la firmeza de su brazo contra mi vientre, de sus pectorales contra mi espalda pero principalmente la dura protuberancia que se recargaba contra mis nalgas destruyeron cualquier voluntad que yo pudiese haber tenido. Me giré viéndolo a la cara. Tomé las cervezas de sus manos y las dejé en una mesa próxima. Me acerqué a él y lo besé en la boca. Él respondió al beso y apoyó sus manos en mí cintura, primero y luego bajo hasta mis nalgas.
-Que ricas nalgas tienes, mi reina.-
Sus palabras me excitaban, mis manos recorrían su cuerpo y buscaron instintivamente el botón de su pantalón. Lo desabroché sin dejar de besarlo. Luego ayudado por él mismo, logré bajarle los pantalones hasta los tobillos. Traía una trusa blanca de algodón que marcaba perfectamente su enorme paquete. Sin pensarlo me arrodillé frente a él, bajé la trusa para encontrar una verga enorme, parcialmente erecta, rosada, con un glande enorme, circuncidada y libre de pelo. Lo miré, así arrodillado y me dijo:
-Chúpala- No tenía que decírmelo, me introduje su miembro hasta donde pude, quedaba un poco afuera pero no era mucho. Chupaba con intensidad, quería darle el máximo placer. Abriendo al máximo la boca, para no lastimarlo con los dientes, me frotaba su verga contra el interior de las mejillas. Lo masturbaba con la mano mientras le chupaba sus enormes huevos y le lamía todo el tronco como si fuera una paleta. Mientras lo hacía, iba sintiendo como su verga adquiría, no sólo firmeza, sin también tamaño. Las venas se marcaban en el tronco y el glande palpitaba de manera increíble contra mi paladar. Luego de quizá cinco minutos de estar dándole la mamada más esforzada de mi parte, pero también la que más he disfrutado en mi vida, me pidió que me levantara. Se había quitado la camisa y comenzó a desnudarme. Cuando terminó su verga era una estaca monumental y terrible.
Pero cuando me disponía nuevamente a tomarlo, advertí con el rabillo del ojo un movimiento. Al girar mi cabeza descubrí un hombre, que bajaba las escaleras con una sonrisa cínica en su rostro. Estaba totalmente desnudo, y bajaba sobándose la verga que ya pedía guerra. Era también alto, no tan alto como Cesar, pero sí más alto que yo, y aunque era delgado, pude rápidamente, por las facciones, deducir que su hermano.
-Menudas putas te encuentras, cabrón- Dijo el hombre mientras llegaba a la primera planta, sin quitar la sonrisa de tiburón, ni dejar de sobrase la reata.
-Vente wey, vamos a darle mate- Dijo Cesar, mientras me abrazaba repegando su cuerpo contra el mío y apoyando su verga entre mis nalgas. –Al cabo, a esta perra, le encanta la verga-
El hermano sin dejar de sobarse su miembro se sentó en el sillón que estaba frente a mí, y me dijo:
-Chúpale- Como ya dije, mi voluntad se había perdido hacía cerca de cinco minutos. Por lo que obediente, me arrodillé entre las piernas del nuevo hombre en la sala y comencé a mamarle la verga con el mismo cuidado y atención que había tenido con Cesar. –Mira como si le encanta- Le dijo su hermano a Cesar con visible alegría.
Cesar mientras tanto se puso a gatas detrás de mí y comenzó a comerme el culo. Nunca me lo habían hecho y me puso a mil. El hermano era con mucho más cabrón que Cesar y me empujaba la cabeza hacía abajo en cada recorrido, su verga me llegaba hasta la campanilla y un par de veces estuve a punto de vomitar, pero logré contenerme. Mientras Cesar seguía con su eficiente trabajo. Su lengua entraba en mí produciendo punzadas de placer. Luego Cesar metió uno de sus dedos por mi ano.
-No mames, no te han dado por la cola cabrón, está bien apretado- Yo deje un momento la verga de su hermano y gire mi cabeza para dedicarle una sonrisa. –No dejes de mamar puto- me apremió el hermano -y tú ya pártele su madre a esta perra, que yo quiero acogérmela también-
Cesar me levantó, estiré mis piernas, pero el tronco estaba doblado, para poder seguir con la mamada al hermano. Escupió dos veces, una en su verga, otra en mi ano. La saliva en mi culo se sentía calida, luego dilato un poco más mi ano con su dedo índice dándole rápidas vueltas. Sentí como apoyaba la cabeza del glande contra mis nalgas. Cuando comenzó a empujar, el dolor fue intenso, pero Cesar fue relativamente cuidadoso, cuando el inflamado glande hubo rebasado mi esfínter detuvo su avance. Por el dolor había sacado me había sacado la verga del hermano de la boca, quien me miraba con lujuria, pero como Cesar se había detenido el dolor remitió, reinicie mi trabajo en el poste del hermano. Luego de unos treinta segundos, Cesar avanzó de nuevo, lentamente, el dolor creció, pero apenas un poco, y esta vez pequeñas punzadas de placer lo acompañaban. El deleite en el que me encontraba hizo que despegara la cabeza del vientre del hermano, el se dio cuenta del placer que recorría mi cuerpo y mirando a Cesar le dijo:
-A la perrita esta le encanta tu verga carnal, atórasela toda- Al decir esto sonreía con satisfacción y levanto su mano derecha para chocarla con la izquierda de Cesar, si bien no pude ver esto, si escuche el sonido de sus manos al chocar. Esa acción de alguna manera sin importancia, me hizo sentir como la puta más vil y repugnante, y esa sensación me encantó. Lancé hacía atrás mi cadera y lo que faltaba de la verga de Cesar de entrar, terminó por ensartarse en mí. Me deje llevar por la emoción, pues aún quedaba fuera de mí una considerable porción de carne cuando me lancé hacía atrás, y al entrar de un jalón el dolor fue sumamente intenso nuevamente. Sin embargo ver en la cara del hermano de Cesar un gesto de sorpresa fue agradable, y fue aún más escuchar la voz de Cesar decir:
-Con que te gusta duro cabrón, pues duro lo tendrás-
Al terminar de decir esto, me envistió con fuerza. Por primera vez era envestido con verdadera fuerza de macho, mi culo reventó de dolor. Cesar se inclinó hacía el frente y con su mano izquierda me sujeto el cabello y me dio un duro tirón hacia atrás. Incluso el rostro del hermano salió de mi campo de visión, me quedé viendo el techo, incapaz de moverme, y al mismo tiempo eyacule sin placer, prácticamente no me di cuenta de había eyaculado, sino que el hermano se untó algo de mi leche en sus dedos y levantándose, para quedar dentro de mi campo de visión me dijo:
-Trágate tu leche perrita- No tenía que decírmelo dos veces, comencé a chuparle los dedos, hasta dejarlos limpios, y una vez limpios seguí chupándolos sólo por el placer de tenerlos en mi boca. Comencé a sentir las sacudidas de Cesar cada vez más intensas, más violentas. A pesar del firme agarre que Cesar tenía de mi pelo, gire mi cabeza la suficiente para mirarlo a la cara y lo que vi, todavía me excita sólo de recordarlo. Cesar se movía espasmódicamente, los músculos de sus hombros, de sus brazos, sus pectorales, todos encontraban firmemente contraídos, los tendones y venas de su cuello se marcaban en un rictus de placer. Le sonreí, no era una sonrisa limpia, era una sonrisa profana, llena de lujuria, era una sonrisa barata. Sentí como con su mano libre, la derecha, me daba una bofetada y con su mano izquierda me jaló aún con más fuerza mi cabello. Sus movimientos eran cada vez más rápidos y empezó a manosearme las nalgas con su mano libre. De pronto sentí los labios del hermano de Cesar por distintas partes de mi cuerpo, me besaba el cuello, los hombres, las mejillas y finalmente me besó en la boca. Fue igualmente un beso sucio, pero mientras lo daba Cesar comenzó a gemir con más fuerza, soltó mi cabello y me aferró con ambas manos, firmemente por la cintura.
Con un gemido intenso derramó toda su leche dentro de mí. Sentí como el líquido espeso llenaba mi recto y su calido tacto me reconfortaba. Mantuvo algunas envestidas más y se detuvo. Se inclinó al frente y me dio un cariñoso beso en la espalda. Me gire para verlo y fue extraño, parecía un hombre diferente, estaba bañado en sudor, pero el cambio más importante era en sus ojos, desde que lo había visto en la librería, sus ojos parecían brasas hirvientes llenos de vida. Al mirarlo, sus ojos estaban apagados, adormilados, saciados pensé. Entonces salió de mí. El pene parcialmente flácido arrastró una importante cantidad de semen que se derramó en el suelo, y algo más comenzó a bajar resbalando por mis piernas. Me giré instintivamente, para limpiar su verga. La introduje a mi boca y un notable sabor a mierda fue lo primero que noté. A pesar de eso, cumplió mi trabajo con esmeró, mientras le ofrecía mi ya abierto culo a su hermano.
Mientras mamaba a Cesar el hermano no me penetró de inmediato, empezó acariciándome los testículos y el tronco flácido bajo ellos. Luego, justo cuando terminaba de limpiar la verga de Cesar, empezó a comerme el culo, saber que ahí se revolvían el semen de Cesar, la saliva del hermano y mi propia mierda me ponía a mil. Cesar ya un tanto indiferente se apartó, y subió, sin decir nada, por las escaleras por las que había bajado su hermano.
Una vez que Cesar se fue, el hermano me dijo que se llamaba Sergio. Me ayudó a levantarme y por primera vez me di cuenta de cuanto daño me había hecho en el culo, pues la acción de levantarme, generó un dolor tan profundo que Sergio prácticamente me sostuvo. Me guió gentilmente al sillón más grande de la sala, uno de esos sillones para tres personas y me auxilió en el monumental trabajo de recostarme. Él se recostó junto a mí, pero a mi espalda. Me abrazó tiernamente y nos quedamos un momento como cucharitas. Yo me reponía de todo lo que había pasado, pero sentía el nabo de Sergio crecer entre mis nalgas. Luego de quizá quince minutos de estar así, Sergio tomó su pene y lo guió hacía mi ano. Intenté protestar, pero ya estaba un poco adormilado, además Sergio había sido tan cuidadoso que lo dejé hacer. La cabeza de su pene causó un poco de ardor al abrirse camino, pero mientras empujaba para entrar, me besaba, la nuca, los hombres, el cuello, las orejas y las mejillas.
Pasó su brazo izquierdo por debajo de mí, y me apretó calidamente contra él, sin violencia, ni agresividad. Con su mano derecha recorría en un sabe caricia mis piernas.
-¿Te gusta?- Me preguntó con ternura.
-Sí- Y era verdad, pero esta vez no me sentía como un puta, sino como una princesa. Se bien, que puede parecer grotesco lo que digo, especialmente si pensamos que el semen de Cesar se estaba secando en mis piernas, formando una frágil costra, pero la forma en que abrazaba, me besaba y me hablaba eran increíbles. Sergio me sorprendía, mientras Cesar me cogía, lo califique a él como el perfecto pervertido, egoísta, incapaz de sentir la menor empatía por alguien más pero ahora me abrazaba con cariño y preocupación y aunque me penetraba, no lo hacía de forma bestial, sino con movimientos lentos y sosegados. No se apresuraba, de cuando en cuando despegaba sus labios y me decía, que le encantaba estar así o me preguntaba si no me hacía daño. Luego de un poco más de un cuarto de hora de estar en esa posición, sentí que los movimientos adquirían un poco de velocidad, inclinó mi tronco superior hacía al frente, despegando mi espalda de su pecho y me tomó por los hombros. Iba a venirse, pero incluso en ese momento apremiante sus movimientos parecían contenidos y cuidadosos, no experimenté ningún dolor. Luego con un gemido sordo eyaculó. Me repegó nuevamente contra él y me abrazó con ambas manos mientras me besaba dulcemente la nuca y el cuello. Dejó su verga donde estaba y sentí como perdía, primero firmeza, y luego tamaño. Me adormilé, quizá por una hora estuvimos recostados en ese sillón, sin apenas movernos. Él fue el primero en moverse, me dijo que debíamos limpiarnos y que me llevaría a donde ocupará.
Así lo hicimos, nos duchamos y ahí me ayudó a limpiarme el ano, con el mismo cuidado que me había hecho el amor hacía cerca de una hora. Mientras nos dirigíamos al baño vi a Cesar tirado en una habitación pequeña, desnudo, rodeado de cerca de 20 latas vacías de cerveza, y unas más sin abrir. Luego de la ducha, Sergio me untó una pomada, y me dio el resto, dijo que siguiera poniéndomela, al menos una semana. No quedaba suficiente para la semana, pero comentó que en todas las farmacias la vendían, así que no tendría problema.
Me vestí nuevamente y salimos de la casa. En la acera de enfrente estaba estacionado un Malibu color arena, que no había notado cuando llegué con Cesar. Hacía allá se dirigió, abriendo la cajuela. A pesar de la pomada yo no podía caminar rápidamente y Sergio me ayudó a llevar mis bolsas del carro de Cesar, al Malibu. Una vez ya listo, partimos. En el camino le comenté porque estaba en Chihuahua y de donde era. Él casi no habló, parecía preocupado, pero no me animé a preguntarle nada. Le dije que me dejará en el hotel, pero insistió en acompañarme hasta la puerta de mi habitación. Yo estaba nervioso, por lo que pudieran pensar los empleados del hotel, aunque agradecía la ayuda que Sergio me daba.
Acomodamos todo en mi cuarto y nos quedamos mirando en silencio. Él tomo una de las hojas membretadas del hotel y garabatió un número.
-Me gustaría verte nuevamente- Dijo, visiblemente nervioso.
-Claro, te llamaré mañana- Le dije, mientras me acercaba a él. Me besó tierna y apasionadamente y luego dio media vuelta y se fue.
Al día siguiente lo llamé, y nos vimos. Platicamos toda la tarde y luego fuimos a cenar a un restaurante. También lo vi el lunes por la mañana, antes de que llegara mi jefe. No volvimos a hacer el amor en aquel viaje, mi ano reclamaba descanso. Pero iniciamos una relación que aun hoy perdura, hubo más viajes y otros encuentros sexuales, pero esos ya no vienen al caso. Aunque, como ya dije Sergio y yo tenemos una relación, no es una relación exclusiva, somos relativamente libres de estar con quien queramos, sólo hay un hombre al que me está prohibido tocar, a Cesar.
En fin, esta fue mi historia. Si alguno se pregunta, que sucedió con la entrevista del lunes, pues les digo que fue un éxito. Aprendí bastante de mi jefe ese día, como tratar a los prospectos, como medirlos y leer si lo que dicen es cierto o es falso. Contrataron al sujeto y yo le inventé a mi jefe una historia sobre un resbalón en la piscina para justificar mi cojera y mis muecas al sentarme.