Su exigencia, cuando la sopesé más tranquilamente, me pareció inadmisible. No estaba dispuesto a participar en aquella pantomima. Me había dado el número de su móvil e intenté ponerme en contacto con ella durante todo el fin de semana. No contestó Acudir a su casa sin antes haber hablado con ella me parecía inapropiado, por lo que no lo hice. No pude dejar de pensar en ella y ni en aquel altillo, pero lo que me molestaba profundamente es que estaba ligada al recuerdo de la pista circular del club Briseida. El domingo por la noche, por fin, me contestó al teléfono solo para decirme que estaba ocupada y que ya me llamaría. Pasaron los días y las noches, sin conseguir borrarla de mi mente, que es lo que mejor me habría venido y sin que ella..................... me llamase. La obsesión por ella ocupaba ya todos mis pensamientos y el viernes por la mañana estaba ya dispuesto a lo que fuese con tal de volver con aquella mujer. Ese día, me llamó de nuevo por teléfono.
-Recuerda, hoy es viernes. Tenemos una cita en el club Briseida, -me dijo.
Su voz me excitaba y yo estaba exultante porque me había llamado, pero intenté un último cartucho para evitar acudir al club.
-Sabes que no es necesario ir allí. Vamos a tu casa, no nos hace falta nada más.
Ella rió, contestándome:
-No, tu eres el que sabes que si no estas en el club esta noche a las doce, no me veras nunca mas.
No hizo falta escuchar más palabras.
A la hora indicada de aquel viernes, volví a tocar en la puerta del Club Briseida. Cuando esta se abrió, el forzudo portero sonrió al reconocerme. No fue necesario mostrarle la tarjeta.
-Pase, caballero. Bienvenido al club.
Me condujo esta vez a otra habitación, mucho más pequeña. Me indicó que esperase.
A los pocos minutos, ella llegó.
-Sabía que no me fallarías, -dijo.
Me levanté de donde estaba sentado, con intención de besarla. Ella puso sus dedos en mis labios, indicándome que me detuviese. Yo estaba totalmente nervioso. Cogio un antifaz y tras ponérmelo, ella me beso. Al notar sus labios en los míos empecé a derretirme. Ella susurró en uno de mis oídos.
-Vamos. Es la hora.
Yo no sabia que hacer, dominado por el miedo. Aquella mujer empezó a desnudarme y tras hacerlo completamente, me hizo sentar. Después se desnudó ella. Se colocó un corpiño negro que dejaba a la vista sus pechos. Puso en su rostro otro antifaz, y completo su atuendo con un tanga también negro y unas altas botas de cuero. Finalmente, sonriendo, colocó en su cuello las joyas que a mi tanto me excitaban. Me miró entonces, diciéndome:
-Vaya, no estas muy excitado. Habrá que ayudarte.
Tomó un collar de cuero y lo cerró en mi cuello. Enganchó en este una cadena, dejándola caer sobre mi pecho. Se arrodilló frente a mí y cogiendo mi empequeñecido pene, lo introdujo en su boca, hasta conseguir que esta creciese de forma ostensible. Cuando consideró que lo había hecho suficiente. Se levantó y tirando de mi cadena, me hizo levantarme de mi asiento. Tomó unas muñequeras de cuero y me las puso en mis manos. Me hizo colocarlas detrás de mi espalda y las unió con un mosquete. Se abrió en ese momento la puerta y ella, segura de si misma, tras coger una fusta, estiró de mi cadena llevándome por un oscuro pasillo. Segundos después, hicimos aparición en la sala de la pista circular. Intenté no mirar a la gente que se había sentado alrededor de esta, lleno de pánico mientras entramos, pero no pude evitarlo. Mi vista estaba dirigida al suelo, pero de reojo veía los rostros asombrados de algunos y excitados de otros. A pesar de mi miedo, mi pene seguía erecto. Ella me condujo hasta el centro de la pista y dio una vuelta alrededor de mí, observándome, hasta colocarse detrás de mí. Empezó a azotarme con golpes rítmicos, bien dirigidos con habilidad. Sin duda era experta en esto. Leves gemidos de dolor brotaban en mi garganta y esto no hacia más que hacerla reír y aumentar la dureza de los azotes. Después, cogio mi pene, que había disminuido su tamaño ligeramente, para excítame mientras lamía mi cuello pasando después a mi pecho pero eso duro poco, pues colocó en mi boca la fusta para que la sujetase. Tomó mi cadena y estirando de esta, me acercó a un mueble colocado en el centro, fuertemente iluminado. Era una especia de sillón donde ella prácticamente se tumbó. Estirando de la cadena, me dijo:
-De rodillas, esclavo.
Obedecí y clavé mis rodillas en el frío suelo. Liberó mis manos, tomó la fusta de mi boca y me mandó que le quitase las botas. Lo hice y ella, estirando después de la cadena, acercó mi rostro a sus pies.
-Muestra como quieres a tu ama,- dijo.
Suavemente, cogí uno de sus pies. Lo besé. Me costó creer lo que sentía, pero lo cierto es que estaba terriblemente excitado. Lamí ese pie y mirando a sus ojos, llenos de complicidad, subí recorriendo su pierna. Cuando llegué a las proximidades de su sexo, me hizo detenerme, tocando mis labios con la punta de la fusta.
-Ponte de pie, -ordenó.
Lo hice. Me mando después que colocase mis manos tras mi nuca. Cuando lo hice, ella cogio mi pene con su mano izquierda. Lo levantó, apuntando hacia el techo y golpeó con la fusta en mis genitales. Al recibir el primer golpe, instintivamente reaccioné y bajé las manos, pero al ver su sonriente rostro, las volví a colocar tras la nuca. Ella prosiguió entonces con los azotes. Estos, unidos a su mano en mi pene, no hacían más que excitarme más. Se detuvo después y colocándose de pie, aun con mis manos tras la nuca, me besó en los labios. El sabor de los suyos me turbó más de lo que estaba.
-Arrodíllate y quítame el tanga.
Obedecí y por fin su tesoro apareció ante mis ojos. Me habría lanzado a lamerlo sin perder un segundo, pero temeroso de recibir algún castigo mas duro, me contuve y esperé la próxima orden de mi ama. Ella se sentó entonces, separó las piernas y cogiendo mi cabeza, la acercó a su sexo.
-Lame, esclavo, lame bien.
Lo hice de inmediato. Estaba húmedo y sabroso. Ella excitada tomó después mi cadena y estirando de esta dirigió mis lamidos por todo su todo su cuerpo, pasando a veces a sus pezones y de ahí a su cuello, de sus labios a sus rodillas y regresando de vez en cuando a su coño, hasta que me detuvo en él finalmente, para que le diese el deseado orgasmo. Ella explotó al alcanzarlo, gimiendo de placer.
Cuando se repuso, me hizo colocarme de rodillas en aquel extenso sillón. Me ató de nuevo las manos y me azotó, más duramente aun.
Cuando ella se sintió cansada, se recostó de nuevo en aquel extraño sillón. Yo, sudoroso y dolorido, pero lleno de excitación, esperaba su siguiente orden, Ella me colocó entre sus piernas, de forma que introdujo mi pene en su sexo, besándome y acariciando, sin soltar mi cadena. Unos minutos después lo sacó y con su mano derecha me hizo eyacular, alcanzando yo un prolongado orgasmo. Se puso entonces en pie y me ordenó que lamiese el semen derramando. Los azotes cayeron sobre mi mientras lo hacia y no se detuvieron hasta que no lo deje todo bien limpio. Al fin, cogió de nuevo mi cadena y salimos de la pista. Al entrar en la habitación donde nos habíamos desnudado, me besó, diciéndome:
-Lo has hecho muy bien, estoy orgullosa.
-Gracias, -fue lo único que pude decir.
Liberó mis manos y mientras me quitaba el collar susurró en mi oído:
-No, en serio, lo has hecho muy bien. Mi marido no sabría hacerlo. En cambio tú…
Mereces un buen premio.
-¿Tu marido no hace de amo contigo?,- pregunté asombrado.
-Yo soy ama. Mi marido finge ser sumiso conmigo para complacerme, pero esto no le va nada.
-Pero…en tu casa…hiciste de sumisa conmigo.
Ella, sonriendo, contestó.
-Si, no me agrada mucho, pero el premio valía la pena. No te preocupes, volverás a ser mi amo, como te prometí.
Medité unos segundos y aun desnudo, me arrodillé entre sus piernas.
-Por favor, -suplique,-llévame de nuevo a tu casa.
-Si, tranquilo, vamos allí ahora. Cumpliré lo que te prometí. Seré tuya esta noche.
-Gracias, pero no quiero que seas mía…
-¿Qué quieres decir? No te entiendo.
Avergonzado, miré al suelo y contesté.
-Lo que he sentido ahí, en la pista, ha sido maravilloso. Nunca he sido sumiso.
La miré a los ojos y supliqué de nuevo.
-Por favor, quiero ser de nuevo tu esclavo. Haré todo lo que mandes. Haz conmigo lo que quieras. Llévame a tu casa, pero no solo esta noche.
Ella acarició mi cara, diciéndome.
-Te sacaré más veces a la pista, ¿aceptas eso?
-Si, todo lo que quieras…, aceptaré
Se puso de pie, terminando de vestirse.
-La verdad, cuando te vi. por primera vez en el club, pensé que me costaría conseguirte. Incluso me agradó un poco hacer de sumisa contigo. Pero lo cierto es que eres un esclavo perfecto.
Yo, aun desnudo y arrodillado, seguía mirándola a la cara.
-Bien, vístete. Tienes mucho que aprender.
Rápidamente me puse la ropa. Solo la idea de estar de nuevo en su casa me hacía temblar de excitación.