Cuando fui a la puerta a atender, sabía que Claudia era la que llamaba. Hacía un rato me había hablado por teléfono para que le prestara un conjunto de baño. Eramos vecinas, además, muy amigas. Claudia había recibido una invitación de su nueva pareja para ir a una pileta y no disponía de mucho tiempo hasta el día siguiente para conseguir un traje de baño. Para no perder tiempo se había puesto un vestido fácil de sacar y ..... por supuesto nada de bajo. Si bien sabía que no llevaba nada, el vestido anaranjado de Claudia ayudaba mucho a marcar sus curvas. La falta de un corpiño jugaba a favor de sus maravillosos senos que parecían escaparse por los costados de su vestido.
p align=justify Le mostré las dos mallas que creía le podían servir. La primera era de color amarillo. Claudia se colocó la parte de abajo sin sacarse el vestido. Cuando se descubrió el vestido para mirarse en el espejo mi sorpresa fue mayúscula. La cola le quedaba casi al aire porque la parte trasera de la malla era muy estrecha. Le comenté que le quedaba muy bien pero como Claudia no sabía con qué tipo de gente iba a encontrar me comentó que prefería algo más conservador. La otra opción que tenía para ofrecerle era una malla negra. Volvió a repetir la operación sin sacarse el vestido. Esta vez la prenda cumplía mejor su función. La cola le quedaba un poco más cubierta pero era más sensual por todo lo que insinuaba. Un instante antes de que se sacara la malla, le dije que se detuviera y que se acercara hacia mí. Cuando la tuve de frente comprobé lo que había sospechado: algunos pelitos de su entrepierna se dejaban ver por la parte superior de la bikini. El problema era que si bien cubría mejor su cola, la parte delantera era de calce bajo. Se acercó a la ventana porque había más luz y se quitó el vestido.
p align=justify Cuando levanté la vista de su entrepierna me encontré con los pechos de Claudia al aire. Eran unos pechos, no tan grandes como había intuido, con unos pezones de un color rojo intenso que el calor parecía hacerlos erizar. Sin embargo, Claudia estaba muy blanca. Le pregunté para cuándo era la invitación que había recibido. Ella me contestó que para el día siguiente. Entonces, le propuse que vayamos a la terraza a tomar sol que estaba muy blanca. Y sin perder más tiempo, busqué el protector y nos fuimos para arriba.
p align=justify El sol de las tres de la tarde era intenso. Por tanto decidimos tomar sólo una hora de sol para que la piel de Claudia no se dañara. Ella se puso de espaldas primero y me pidió que le aplicara protector en la espalda. La malla negra le quedaba realmente bien. Como mencioné anteriormente, si bien no mostraba mucho, era mucho lo que la malla y la cola de Claudia dejaban imaginar. Por tanto, de manera suave pero muy firme, le apliqué crema primero en la espalda y luego en los glúteos. Para no ensuciar la malla con el bronceador blanco, antes de la aplicación, tiré de la parte superior para que los dos glúteos enteros quedaran al descubierto y la malla se perdió en su zanja. Claudia me dejó hacer y en ningún momento pareció turbarse por la situación. La que sí sentía la entrepierna húmeda era yo. El contacto de la crema fresca con el cuerpo caliente hacía que mi piel se irguiera. Por momentos, sus glúteos se contraían inconscientemente. Cuando terminé de aplicar la crema, volví a acomodar la malla. Para ello, introduje un dedo por su raya para liberarla. Sin querer rosé su ano. Sin darle, mayor importancia terminé recorriendo sus piernas para protegerlas del sol. Ella se ofreció a ponerme protector pero antes de contestar noté que tenía mi malla empapada. Por temor a lo que pudiera pensar le dije que se quedara acostada y que no se molestara ya que prefería refrescarme con la manguera. Estuve casi cinco minutos echándome agua. Mi cuerpo y mi cabeza lo necesitaban. Y en lugar de ponerme al sol preferí quedarme a la sombra.
p align=justify No habían pasado veinte minutos y noté que la espalda de Claudia comenzaba a ponerse roja. Le comenté que sería mejor que se diera vuelta. Me dijo que tenía razón pero antes de tomar sol de frente se refrescó con agua. Abrió la canilla y se puso la manguera por encima de la cabeza a modo de ducha para refrescarse todo el cuerpo. Sus cabellos negros quedaron empapados. De pronto, me di cuenta que estaba mirando para los edificios y casas vecinas. Cuando le pregunté que buscaba, me respondió que si de los otros edificios podían vernos. En la vereda de enfrente había un edificio casi de la misma altura desde donde nos podían ver. Pero ella me comentó que si se acostaba no podían verla. Yo no entendía cuál era su problema. Su cuerpo era digno de mostrar. Antes de terminar mis conclusiones ya había encontrado la respuesta. Claudia se había acostado boca arriba pero sin la parte de arriba del bikini. Y sin más, se aplicó mucha crema protectora en sus senos que a esta altura se veían deliciosos.
p align=justify Antes de continuar con mi relato es necesario que comente un dato muy importante sobre el tipo de relación que llevábamos Claudia y yo. Varias veces habíamos conversado con Claudia sobre nuestras experiencias sexuales. Sobre nuestros gustos y nuestros temores, nuestras vergüenzas, los deseos de nuestras parejas. Lo llamativo era que ella me había confesado que nunca había probado el semen masculino. Que circunstancialmente, le besaba el pene a las parejas con las cuáles había estado pero que la situación no la excitaba demasiado. Ella decía que no encontraba gusto en ello. Por el contrario, yo le comentaba que una de las cosas que más me gustaba hacer era chupar la pija bien despacio. Carlos, mi actual pareja, dice que le gusta mucho todo lo que le hago. Y por ello, quizás, el ponga tanto empeño en chuparme la conchita hasta hacerme acabar. Luego yo lo retribuyo, con creces creo. Y por supuesto, en esas situaciones, después de haber acabado busco desesperada su calzoncillo donde siempre me encuentro con un pene duro. Creo que nunca se le para tanto como cuando me chupa la conchita y me hace ver las estrellas. Primero hago lo imposible para no tocarlo. Entonces me voy directamente a besar, más lamer que besar, sus testículos hasta mojarlos todos. Cuando ya noto que no aguanta más y que incluso me pide por favor que le bese el pene. Me alejo unos centímetros para mirar toda la situación y le corro el prepucio. Entonces siempre me encuentro con esa saliva que humedece todo el glande. En esos momentos no me gusta usar la boca para que no se mezclen los jugos. Me encanta recorrer con un solo dedo la cabeza para que mi hombre note lo mojado que está. Y recién en ese momento empiezo propiamente a succionar su pene hasta tomarme toda la leche. Varias veces habíamos comentado sobre esta situación que a mí me excitaba tanto y a ella no le disgustaba pero que no lograba disfrutarlo del todo. Sin embargo, Claudia disfrutaba mucho cuando entraba en confianza con otra pareja manteniendo sexo anal. En esto no me parecía en nada. Porque nunca pude disfrutar de esta situación y por tanto dejé de intentarlo.
p align=justify En estos pensamientos me encontraba hasta que Claudia me llamó otra vez a la realidad de la terraza del edificio, a la realidad de sus senos ya un poco dorados, y me comentó que ya no daba más que mejor era bajar al departamento para tomar algo y estar más frescas. Mientras esperábamos el ascensor le pregunté si había decidido que malla iba a utilizar. Ella me dijo que le parecía mejor la negra, que era más apropiada porque era un poco más tradicional. Y que de acuerdo a cómo se presentara el ambiente de la pileta, ya había aprendido como tornar la malla negra en una prenda más osada. Entonces me dio la espalda e hizo el mismo movimiento que yo había hecho al momento de untar con crema su cola. Nos reímos cuando le comenté lo rápido que aprendía. Me parecía una buena elección pero era necesario que se cortara un poco el vello púbico. En cualquier descuido y según la postura que adoptara podían quedar al descubierto pequeños cabellos. Le propuse que si ella quería podía con una tijera cortar los pelos que resultaban rebeldes.
p align=justify Sin esperar respuesta, le indiqué que se sentara en la mesa del comedor que iba a ser más cómodo. Fui al baño por una tijera. Al volver me encontré con Claudia acostada en la mesa limpiándose con un pañuelo los restos de crema que tenía en los pechos.
p align=justify Primero empecé recortando los vellos que se escapaban de la malla por la parte superior. Y luego los vellos que se asomaban por los costados de la malla. Sin ningún tipo de vergüenza Claudia me dejaba hacer. Se ponía en la posición que más me convenía para que yo hiciera mi tarea. Cuando ella abrió las piernas para que siguiera con los vellos que estaban más próximos a su vagina noté que la malla estaba húmeda. En un primer momento pensé que era el agua de la manguera pero la parte superior de la malla estaba seca. Sentí un impulso de acercar mi cara, mi boca, toda mi lengua a esa conchita húmeda que me atraía por la vista pero, principalmente, por un sabor, un olor a adrenalina que yo sentía que crecía. De todas formas me contuve y seguí recortando. Cuando creía haber terminado Claudia me propuso que le cortara todo el bello de su entrepierna al ras. Que iba a ser más seguro. Entonces pensé que se iba a sacar la malla pero una vez más erré el cálculo. Sin sacarse la malla corrió la parte del frente hacia un costado, al tiempo que me preguntaba si era suficiente para cortar. Podía cortar sin ningún problema pero le aconsejé que no tirara mucho de la tela. Luego repetimos la operación del otro lado. Finalmente ella tiro de los costados de la malla hacia arriba para que pudiera apreciar mejor cómo había quedado. Pero ya no era posible para mí mirar mi obra de arte sino más bien la suya. Claudia había tiró tanto de la malla marcando mucho sus labios vaginales. Esta vez sí pude comprobar mi sospecha: sus labios vaginales estaban totalmente empapados. Creo que estaban tan empapados como los míos.
p align=justify Por suerte, Claudia se quitó la malla para que terminara de cortar todos los bellos que de una u otra forma comprometían su entrepierna. Sin bajarse de la mesa se sacó la malla con un poco de mi ayuda. A pesar de mi excitación pude comprobar que había hecho muy buen trabajo. Pero yo lo quería terminar. Por tanto, para cortar al ras todos los pequeños bellos que rodeaban la vagina no tuve otra opción que rozar con mis manos la parte exterior de su vagina. A medida que cortaba mis manos se iban humedeciendo. Cuando terminé Claudia no miro, sino que se pasó los dedos desde el ano de manera ascendente por su vagina. Me dijo con una sonrisa que había quedado suavecita, que nunca había recibido un tratamiento tan especial. Para comprobar lo que me había dicho hice el mismo recorrido que ella había hecho con su mano. Pero en lugar de ascender con mis dedos por el centro con riesgo que mis dedos terminaran en el fondo de su vagina atrapados, lo hice por los costados, por donde efectivamente había hecho mi trabajo con la tijera. Al hacerlo hice presión sin quererlo sobre sus labios vaginales y en cierta forma fue como exprimirlos. Una saliva dulce se escurrió entre mis dedos.
p align=justify Cuando la acompañe a la pieza para que se mirara en el espejo de pie que tenía en la habitación, recién caí en la cuenta que Claudia caminaba totalmente desnuda sin dejar de acariciarse la entrepierna. En cambio, yo la seguía desde atrás totalmente vestida y sin soltar la tijera. Se miró de frente y me felicitó. Me dijo que le gustaba como le había quedado. Yo le respondí que le quedaba bien. Entonces ella se miró en el espejo por la espalda girando su cabeza. Ayudándose con las manos se separó y levantó un poco los glúteos permitiéndose ver sus labios vaginales y su cola propiamente dicha. Claudia me juró que era el último favor que me pedía. Me solicitó que le cortara los pelitos rebeldes que aun quedaban en las inmediaciones de su ano. Yo, que todavía no había soltado la tijera, le dije que se quedara como estaba para que ella me indicara por dónde y cómo quería que le cortara. Finalmente decidimos que la posición era incómoda. Que era mejor que se acostara en la cama con una almohada debajo de su vientre para que su cola quedara en una posición más acorde con mi trabajo. Una vez más, Claudia se separó los glúteos y esta vez tuve una imagen perfecta de su ano. Esa colita que nunca había visto. La misma colita que hacía que su dueña pidiera pija por atrás cuando se excitaba mucho. Y no pude más que estremecerme al pensar cómo hacía para disfrutar una verga (cualquiera fuera su tamaño) entrando esa colita tan linda pero tan estrecha. Un pequeño gemido de Claudia me hizo reaccionar. “Te hice mal”, pregunté. Me contestó que el contacto del metal frío de la tijera de su piel caliente la había hecho gemir. “Perdóname”, agregó. Yo no contesté porque quería terminar de cortar y dejar la tijera. Necesitaba ir a encerrarme en el baño para liberar todos los jugos y gemidos que tenía atrapados en mi vagina. “Ya está”, le dije. Ella se levantó y se volvió a mirar. Yo no sabía si no se daba cuenta o lo hacía a propósito porque de adelante o de atrás su vagina estaba empapada.
p align=justify Antes de ir al baño quise hacerle una confidencia. “Tu vagina es muy linda pero más curiosidad me causó tu colita”. Creo que no pude elegir palabras más acertadas. Es decir, mi curiosidad por cómo sería besar y tomarse todos sus jugos vaginales, mi curiosidad por saber si era capaz de llevar a una mujer al éxtasis, pero más curiosidad por entender, si es posible entender en estas situaciones, cómo había hecho para que le gustara que le hicieran la cola. Ella me adivinó el pensamiento: “Vos querés saber cómo hice para tomarle el gusto a coger por la cola”. Le contesté que le tenía algo de envidia en ese sentido. Ella me respondió que no era difícil que quizás ella podía aprender de mí a disfrutar, a recorrer con la lengua toda la pija de un hombre, que Guillermo (su pareja nueva) le gustaba mucho y que quería utilizar todos los recursos posibles para conquistarlo. Mientras ella me proponía su trato, mis ojos se fueron a su cara. Ahora me imaginaba la verga de Guillermo en la boca de Claudia. Ya no sólo miraba con otros ojos su cuerpo, sino también su cara, en particular, su boca. “No me mires así, pienso que te da vergüenza que podamos aprender una de la otra” me dijo Claudia. La tomé de las manos a Claudia, a modo de confesión, y le dije: “me pone muy contenta saber que te puedo mostrar cómo siento besar una verga, lo que siento en esos momentos, cuáles son las cosas que hago intencionalmente para que desee más, etc., etc. Pero, de ninguna manera, me entra en la cabeza cómo voy a hacer para que me guste que me cojan por la cola. Lo único que pienso que debo hacer es dejarme coger y esperar que me guste”. Mientras confesaba notaba que toda la humedad que hasta hace unos segundos había en mi conchita se había evaporado. “Ese es el primer error” me corrigió Claudia. “Hay momentos que tu cuerpo pide más, que todo lo que te dan es muy placentero, pero aún así, tu cuerpo te dice que no alcanza, son esos los momentos en que hay que decidir, en que hay que suplicar que por favor probemos en la cola, que la mujer lo siente en esa forma”. Y por último agregó: “lo importante es no apurarse y dejarse sentir”.