Muy malo. Siempre lo fuiste, incluso cuando tenías apariencia de angelote, cuando dabas la impresión de que nunca habías roto un plato en toda tu vida.
y ¿Te servías de esa imagen para lograr tus propósitos, para encelar a todo macho viviente que estuviese a tu alrededor, sin importarte el estado de ánimo en que lo dejases, sin importarte un pimiento que tu presencia, tus- aparentemente- ingenuas caricias endureciesen carnes fláccidas a las que, jamás, se les hubiese ocurrido calentarse por un tierno infante como............ tú?. Seguro que sí. Te encantaba. Era una sensación muy grata, que te hacía sentirte poderoso, importante, muy por encima de tus hermanos, o de tus primos, o de los otros amiguitos que contaban con tu misma edad...pero que no disponían de tu poder de seducción, de esa química que brotaba de todos y cada uno de tus poros, de tu mirada, de tu sonrisa pícara que hablaba de sexualidad cuando tú no sabías, ni siquiera, lo que significaba esa palabra.
¿En qué instante, en qué momento saltó esa chispa, ese “darte cuenta” de que tu presencia, tu roce, incluso tu mirada, levantaban esas pasiones? ¿Fue con el abuelo Manuel, aquella tarde en que lo seguiste hasta el baño, y le miraste y miraste y miraste -mientras orinaba- consiguiendo que su grueso y arrugado miembro comenzase a despertar, poco a poco, mientras tú le acribillabas a preguntas, ingenuas preguntas, directas preguntas, que le hicieron tartamudear hasta el punto de que tuvo que cubrirse con la mano para no tener que darte explicaciones de su durísima – y novedosa- erección?
¿Porqué papá dejó de bañarse contigo? ¿Tenía miedo de ti? ¿Temía no poder contenerse si seguías chapoteando con él, junto a él, sobre él, en la tibia agua jabonosa, de la que -indefectiblemente- asomaba el carnal periscopio oteando el horizonte mientras tú hacías avanzar hacia él tu pequeño patito de goma amarilla? Te encantaba sumergirlo, hacerlo bajar hasta las blancas profundidades de la bañera, bordear los gordos y oscuros peñascos cubiertos de algas pilosas y flotantes, buscando con tus pequeñas manos el resto del submarino paterno, hasta que papi tenía que sujetártelas, impidiendo en el último segundo lo que ya se veía venir y de cuyo resultado no quería hacerse responsable.
El más atrevido, el que siempre jugó contigo cada vez que se lo pedías, era vuestro vecino Javier. Tan rubio, tan larguirucho. Con los ojos azules tan parecidos a los tuyos, tan charlatán y extrovertido. Te embebías con sus historias, con los cuentos que inventaba para ti, y que gustabas de escuchar montado sobre sus rodillas, bien esparrancado y notando las huesudas rótulas rozando deliciosamente tu agujero más íntimo. Sus relatos de indios y de vaqueros, de cabalgadas por la pradera, de aullidos, de trotes por laderas montañosas, haciendo que tu cuerpo brincase mientras te mondabas de risa, y tus muslos se iban deslizando poco a poco hacia delante, acabando justamente sentado sobre su paquete...Javier, tan simpático él, muy alto y delgado, el vecinito siempre dispuesto a cuidar de ti, y del que mamá confiaba ciegamente. Nadie supo jamás de vuestros juegos. Aquellos juegos que comenzaban cuando os quedabais solos, cuando él ejercía de canguro durante las largas tardes invernales, y tu boca aprendió a abrirse al máximo, y tus labios a cubrir los dientes para no dañar con su roce, y tu garganta a dilatarse y a tragar sin sufrir arcadas...
- ¿Ha merendado bien el nene, Javier? - la pregunta de mamá te llegaba entre sueños, bien arrebujado en el sofá, cubierto con la manta a cuadros que tantas cosas podía contar si pudiese hablar...
- Si, señora. Se lo ha tomado todo, sin desperdiciar ni una gota. No creo que quiera cenar.
- ¡Eres un encanto, chaval! La verdad es que es un auténtico placer tenerte como vecino.
- Calle, calle, señora. El placer, puedo asegurárselo, es todo mío.
Más adelante, cuando tu cuerpo ya comenzó con un rebullir de hormonas que te tenían continuamente insatisfecho, te hiciste más y más atrevido. Espiabas a papá , lo acosabas, buscabas los roces íntimos hasta exasperarlo, hasta que no podía aguantar más y corría a encerrarse en el baño, o llamaba a tu madre para “hablar con ella” urgentemente en la alcoba conyugal. Y tú te quedabas mohíno, con una sensación de que te faltaba algo, o con la sospecha de que otra persona iba a zamparse la liebre que tú habías levantado mediante tus malas artes.
Papá te temía. Nunca pudo olvidar aquella madrugada, cuando él y tu madre habían vuelto de una celebración. Te despertaron con sus voces que querían ser apagadas, pero que el alcohol hacía más elevadas de lo normal.
- No, querido, no. Ahora no puedo, no quiero. ¡Estoy muerta! ¡Me duelen desde las pestañas hasta los juanetes, y no me apetece que hagamos nada!
- Pero...nena -risa beoda-¡no me hagas ésto! ¡Mira como estoy!
- ¡Deja, deja! Escucha...¿no tenías por ahí una película guarrindonga? Pues...¡la miras y te desahogas! Yo te doy permiso y no me enfado... hagas lo que hagas.
El silencio cayó sobre la casa. Desde tu cama oías trastear a papá por la cocina. Ruido de cubitos de hielo tintineando en un vaso. Puertas de armarios que se abrían y se cerraban. Rebuscamiento en lo más profundo de un escondido cajón. Luz tenue en el salón comedor. El chasquido del video al ponerse el marcha. El sonido de una cremallera al bajarse...
Avanzaste a cuatro patas. Te encantaba jugar al escondite, y sabías cada rincón, cada mueble, cada objeto que te serviría para ocultarte a la mirada de papi. Aunque, la verdad, es que él no despegaba la mirada de la pantalla de la tele. Con su vaso de whisky en la mano, patiabierto y con los pantalones desabrochados, y el “periscopio” asomando todo lo duro y rígido que recordabas de aquellos buenos tiempos en los que os bañabais juntos.
Papá se inclinó dejando caer un hilo de saliva sobre la punta de su cosota. De la tele llegaba el rumor de unos jadeos que comenzaron a mezclarse con el suave chasquido de su mano al frotar su propia carne. Llegaste bajo la mesa. El largo mantel te ocultaba a su mirada. Desde abajo podías ver reflejado en el cristal de sus gafas, por duplicado, la imagen de la película. Tu padre dejó el vaso sobre la mesa, terminó de desabrochar su ropa y con unos movimientos hizo que cayesen sus pantalones hasta el suelo. Desnudo de cintura para abajo, con sus muslos musculosos y muy velludos abiertos de par en par, siguió acariciándose abajo y arriba, arriba y abajo. Con su otra mano sujetaba sus bolsas saltarinas, bajando poco a poco hasta que la yema de sus dedos encontraron otra forma de darse placer. Sonreíste al pensar que no solamente tú disfrutabas de sensibilidad en una zona tan comprometida. Estuviste espiándolo largo rato. Esperabas a que su estado de ánimo llegase al punto de no retorno, cuando cualquier cosa parece buena con tal de gozar, y derramarse, y vaciar los sacos repletos de lo que tú ya sabias ,por experiencia, que daba tanto placer...
Atisbando a través del mantel blanco supiste en qué momento debías asomar la cabeza, el segundo exacto en el que tu boca -casi tan desencajada como la de una boa constrictor- se lanzase a tragar su presa con sabor a whisky y precum. Durante unos instantes tu padre quedó paralizado, abriendo los ojos como platos y mirando tu cabeza rubia subiendo y bajando, y tu mirada azul celeste brillando con glotonería, y notando tus sabios dedos hurgando bajo las bolas sudorosas, introduciéndose más y más en el oscuro lugar al que nunca se permitió a sí mismo visitar. Su reacción -tardía-consistió en sujetarte del pelo, en tirar de tu cabeza hacia atrás, pero más como un hecho simbólico, una negación apenas insinuada porque sabía, a ciencia cierta, que era una batalla perdida de antemano. Un leve toque de tus dedos en su próstata, una succión deliberadamente sutil en el fresón de su glande, y la mano que sujetaba tu flequillo fue la misma que te oprimió hacia abajo, para que te comieses toda la banana, todo el calabacín, toda la carne palpitante que se hundió hasta tu esófago y no siguió más dentro porque fue su pubis, velludo y pegajoso de licores innombrables, el que hizo de tope para impedir que siguieses tragando aquella enormidad. Pinzaste el botón prostático, arreciaste en las lamidas y fuiste recompensado con un gran chorro del licor paterno, que bajó cálido y espeso por tu interior hasta quedar depositado en tu estómago.
Segundos que parecieron horas. En la tele seguían los ruidos y gorgoteos, los gemidos, los chasquidos de besos de todos los colores. El periscopio de papá, ya fláccido, se deslizó fuera de tu boca. Relamiste las últimas gotas con una sensación de triunfo, de haber ganado la partida, de saber que todo volvería a ser como antes, y de que papá querría ser tu amigo, tu compañero de juegos y de baños...
Pero...
- ¿Qué haces levantado a estas horas, nene?
- Bueno, papá, yo...
- ¡Ni bueno ni buena! Vete corriendo a tu cama y que no vuelva a encontrarte por aquí, nunca, a estas horas! -y una palmada sobre tus nalgas resonó en el salón.
Las lágrimas se agolparon en tus ojos. La voz de tu padre, tan fría, tan...rencorosa, te había dejado fuera de juego. Te estaba culpando, a ti y solo a ti, de algo que había querido y disfrutado él. Y una rabia impotente recorrió tu cuerpo, haciendo que se agolpasen mil pensamientos dañinos en tu mente. Tu padre no había sabido valorar tu esfuerzo, tu cariño hacia él. Te había hablado como si, en realidad, fueses un niño malo. Y eso no podías aguantarlo, no podías perdonárselo. Si pensaba que eras malo, pues...lo serías.
Y en la cama lloraste lágrimas amargas. Unas lágrimas tan calientes como las que derramaba tu padre, avergonzado de si mismo, arrepentido de haber gozado salvajemente gracias a ti y a tus caricias pecaminosas, pero sabiendo que no iba a ser la última vez que ocurriese.