Los días seguían pasando. Mi relación con Shamira seguía como siempre, atravesando altibajos en función de mi caprichoso e inestable equilibrio emocional. Estaba a punto de cumplir los quince años. Si a los doce, cuando teníamos la primera menstruación entrábamos en el círculo de las mujeres a los quince éramos consideradas mujeres de pleno derecho.
A partir de esa edad podíamos ser pedidas en matrimonio. De hecho ya habíamos a casado a mi hermana mayor y a mi prima mayor. Fatbala y Shadia ya tenían esposo y ambas estaban................
en estado. Esperaban darles nietos a sus padres.
Shadia vivía con su flamante esposo en un ala de la casona destinada a los recien casados, pero Fatbala había marchado de casa. La familia del novio era muy rica y acordaron ir a vivir con el clan de él. Eran mitannis como nosotros, así que Fatbala no estaría falta de sirvientes pero lógicamente quiso irse con Zahara, su criada desde que nació y además quiso llevarse a uno de los niños cosca de nuestro clan.
Madre estuvo de acuerdo y el día que se marchaba le hizo el regalo de que escogiera a cual de los sirvientes, que no estuviera adjudicado a ninguna de nosotras, quería llevarse.
Esa situación no la había vivido antes. Fue un poco dramática y he de reconocer que me dejó un poco deprimida. Por un momento se me antojó que nuestros coscas eran lo mismo que los esclavos de las plantaciones de algodón del sur de los estados confederados en el siglo XIX.
Nunca lo había visto así. Nunca me había planteado que en realidad nuestros sirvientes eran como esclavos. A los negros los traían al nuevo mundo encadenados, arrancándolos de sus hogares por la fuerza y los mantenían en esclavitud con la misma fuerza. Sin embargo nuestros sirvientes coscas nos estaban enteramente sometidos sin que mediara ninguna fuerza que les obligara. No los habíamos arrancado de sus hogares. Nuestros hogares eran los suyos y no pensaban en huír. A los negros los azotaban, los humillaban, los castigaban, les controlaban la vida, lo que comían, lo que dormían, lo que podían hacer y lo que no y su instinto los empujaba a intentar rebelarse en búsqueda de su libertad. A nuestros sirvientes los azotábamos y los castigábamos y los humillábamos y les dábamos basura por comida y nos tenían que servir según nuestro capricho y ellos no solo no se rebelaban sino que aún se sometían más.
Todo eso lo pensé el día en que mi hermana Fatbala, con todos nuestros sirvientes puestos en pie en el centro del patio, se paseaba cogida de la mano de su esposo mientras los examinaba detalladamente para calibrar a cual de ellos se llevaría consigo para que la sirviese el resto de su vida. Fatbala señaló a un niño pequeño.
― Quiero a éste... – le comentó a madre que caminaba tras los esposos – siendo un niño también podrá servir a mi marido – añadió Fatbala besando al joven que sólo tenía ojos para ella.
Madre hizo una señal a Nadia y ésta cogió al muchachito. Muraal, la madre del niño no lo pudo evitar. Debió ser su sentimiento materno. Eso me hizo dar cuenta de que aunque a menudo lo olvidábamos, nuestros sirvientes eran seres humanos.
El pequeño, al sentir el abrazo tenso y nervioso de su madre supo qué pasaba. Supo, tuvo la certeza de que lo separaban de ella. El niño se puso a llorar y a gritar.
La madre aún se contagió más de la desesperación que le mostraba su hijo y se aferró a su cuerpecillo con toda su alma, gritando y llorando, suplicando a Fatbala que no se lo llevase.
― Pero... pero qué significa esto, madre? – preguntó una más que sorprendida Fatbala ante aquella reacción inusitada –. Supongo que no vas a consentir que una simple sirvienta me humille de esta manera.
Madre no respondió a Fatbala pero cogió su vara y azotó a la suplicante Muraal y al niño ya que ambos estaban abrazados, de rodillas, en medio del patio. Los demás sirvientes se habían apartado.
Madre siguió azotando a ambos pero no conseguía separarlos. Fatbala estaba que se la llevaban los demonios. Avanzó hasta la sirvienta que la estaba poniendo en ridículo y la agarró del pelo con una mano. Madre dejó de azotarla para no herir a su propia hija. Fatbala se descalzó su sandalia de tacón con la otra mano y comenzó a agredir a la mujer cosca en la cara.
¡Suelta a tu hijo... suéltalo te digo... es mío y me lo voy a llevar aunque tenga que matarte!
El esposo de Fatbala agarró al niño por un brazo y aprovechando que su esposa tenía bien atrapada a Muraal le dio un fuerte tirón y lo liberó de ella. La madre cosca gritó y gritó y lloró y suplicó pero no había nada que hacer. Fatbala había decidido que quería llevarse a su vástago de sirviente y nadie podría impedirlo.
Viendo que su pequeño criado estaba ya en manos de su esposo, Fatbala soltó a Muraal y dejó de golpearla con su zapato. La mujer cayó al suelo, con el rostro ensangrentado.
Yo presencié la escena con el resto de mis hermanas y primas, en silencio. Shamira estaba detrás de mí y noté que me cogía un brazo. Me giré y vi que estaba desolada, tenía el rostro desencajado.
― ¡Está más que claro que los sirvientes sólo conocen el lenguaje del látigo – oí que decía a mi lado Rania, mi hermana pequeña que acababa de cumplir trece años – espero que madre sepa castigarla... no hay derecho a lo que le ha hecho a Fatbala.
No pude evitar callarme. Mis palabras brotaron de mi boca sin pensar.
― No te parece que es normal la reacción de Muraal? No habrías hecho tú lo mismo si alguien pretendiera arrancarte a tu hijo de tus brazos? Nuestros sirvientes son seres humanos, Rania..., Muraal... tiene sentimientos – le dije yo a mi hermanita Rania – aunque a menudo olvidemos que los tienen – concluí.
Rania me miró con desprecio, igual que hicieron el resto de mis hermanas y primas.
― ¡No nos jodas, Maryam – intervino Leilha, mi hermana un año mayor que yo – no son más que sirvientes, no son como nosotros!
No contesté. Probablemente, pensé, tienen razón. Mi cumpleaños, el quince, estaba muy cerca y no quise que los heridos sentimientos de un criadito cosca y su madre perturbasen mi felicidad.
El día de mi quince aniversario me hicieron mi regalo deseado, no por conocido menos anhelado: una yegua, unas altas botas de montar, y el resto de la equipación digna de una gran amazona, traje, espuelas, fusta, guantes, gorro...
El mismo día participé en mi propia fiesta con la mente puesta en mi bonita yegua blanca que me esperaba en los establos. Vestía con mi traje de equitación para no tener que perder tiempo cuando terminara la fiesta.
Mi familia y mis amigas se dieron cuenta de que no estaba por ellos y decidieron tomarse el pastel a gran velocidad. Después empezaron a divertirse, como hacíamos siempre en las fiestas, a costa de los sirvientes.
El deporte o la distracción favorita en este tipo de fiesta que sobraba grandes cantidades de comida era dar de comer a nuestros famélicos sirvientes a cambio de que realizaran actos humillantes para ganárselo, como por ejemplo lamer del suelo un trozo de pastel que alguna de mis hermanas arrojaría al suelo y pisaría con sus elegantes zapatos de fiesta. La criada escogida lamería el pastel del suelo e incluso de las suelas de los zapatos de mi hermana con tal de poder comer algo que nosotras estábamos hartas de probar y que ellos sólo podían ver en el momento de servírnoslo.
Cuando vi que mis hermanas empezaban a estar un poco borrachas – en estas fiestas nos permitían beber licor de cerezas – cogí a Shamira de la mano y me la llevé.
― Ya me he divertido en otras fiestas haciendo lo que van a hacer ahora. Prefiero estrenar mi yegua. Ven conmigo – le dije.
Corrimos las dos hasta llegar a los establos, situados en un extremo de la finca. El sirviente que madre había puesto a cuidar a mi yegua se postró en el suelo al verme entrar. Ni lo miré, ni le dije nada. Me fui hacia mi montura y la acaricié. Era preciosa.
― Porqué no está preparada para que la monte?
― Perdona ama Maryam, nadie me ha dicho que ibas a salir... – me contestó el muchacho muerto de miedo sin abandonar su posición arrodillado a mis pies.
― A partir de hoy quiero que estés pendiente de si salgo de casa y vengo hacia aquí. Cuando veas que vengo calzando mis botas de montar te pones de inmediato a preparar a «Bala» – ese era el nombre que le había puesto a mi caballito.
― Sí ama Maryam, así lo haré.
― Mejor será que te quede bien claro si es que en algo aprecias tu espalda – le amenacé – ahora muévete y prepárala.
Me senté en una silla a esperar que el muchacho colocara los correajes a «Bala» y llamé a Shamira chasqueando los dedos. Mi sirvienta se acercó.
― Imagino que llevas tu paño en la faltriquera, no?
― Claro ama Mayra, siempre lo llevo.
― Pues aprovecha mientras este imbécil prepara a «Bala» y me das un repaso a las botas.
Eran mis primeras botas de montar. Me sentía orgullosa de calzarlas. Me era imposible no rememorar lo que una vez había visto hacer a mi tía Admira espiándola a través del ojo de la cerradura de su cuarto, cuando desnuda, calzando tan solo sus altas y brillantes botas de montar, la vi aplastar la cara y los pechos de su sirvienta y después la vi obligándo a la pobre Ludmila a beberse sus orines y finalmente presencié cómo se hacía amar por la lengua de la entregada sirvienta. Aquellas escenas me perseguían de manera recurrente desde que las vi.
Shamira se arrodilló y se puso a frotar mis botas. Me gustó contemplarla mientras les sacaba brillo. Me sentí especial. Como más fuerte, más poderosa, como si mi autoridad hubiera salido reforzada por el mero hecho de mostrarme con aquel atuendo que a mí misma me impresionaba con sólo verme reflejada en el espejo.
Cuando el sirviente hubo tenido lista a «Bala» aparté con la bota a Shamira y me acerqué a mi regalo. Chasqueé de nuevo los dedos y Shamira se acercó.
― ¡Cruza las manos y ponlas a esta altura! – le dije señalando con la fusta el sitio donde quería tenerlas.
Shamira me obedeció, puse la bota sobre sus manos cruzadas, me así al pomo de la silla y me impulsé en Shamira para montar.
― ¡Sígueme Shamira... corre...! – grité picando levemente espuelas.
Salí al campo y me metí en el picadero a correr. Shamira, como un perro fiel, ni se planteó lo absurdo de mi orden e intentó seguirme corriendo. Evidentemente no podía.
Como que daba vueltas al circuito cerrado pronto la doblé, superándola desde atrás y en el momento de pasarla le di un latigazo con mi fusta en su espalda, sin ánimo de hacerle daño, pero la pobre se asustó, se trastabilló y cayó de bruces.
Detuve mi montura y desde lo alto la llamé riendo.
― ¿Qué te ha pasado, Shamira? ¡Creo que te hace falta un poco de ejercicio... parece que estás un poco débil! – le comenté sin pensar que lo que realmente necesitaba mi sirvienta era comer como una persona y descansar lo suficiente, también como una persona.
Shamira levantó la cara. Estaba sangrando. Por la velocidad de carrera que llevaba al caer había arrastrado el rostro por la tierra pedregosa del circuito. Pobrecilla. Me miró un momento. Me pareció que trataba de sonreírme.
― ¡Venga, regresemos... tienes que volver a lustrarme las botas y tienes que bañarme!
Antes de abandonar los establos decidí castigar al criado que debía atender a «Bala» para que supiera que no hablaba en broma cuando le había amenazado con hacerle azotar si no estaba pendiente de mí para tener mi yegua a punto.
― ¡Hoy te quedas sin cenar. Daré órdenes a Nadia para que no te den comida hasta mañana al mediodía!
El muchacho se arrodilló y me pidió perdón. Me mostré inflexible. Me besó las botas e insistió en obtener mi perdón.
― ¡Cállate, no te voy a levantar el castigo... es más, lo voy a ampliar. Mañana tampoco comerás nada en todo el día! ¡Así empezarás a conocerme!
Marché hacia la casona seguida de Shamira que tenía la cara amoratada y llena de costras de sangre de la terrible caída que se había producido por mi culpa. No se por qué pero en ese momento pensé en la desagradable escena que se había producido el día que Fatbala se llevó consigo al hijo de Muraal y recordé que me había parecido que tratábamos a nuestros sirvientes como a esclavos.
En ningún momento pensé en el pobre chiquillo del establo al que acababa de castigar con extrema dureza por nada, sólo para que aprendiera a que yo era el ama y si lo amenazaba no era en vano, ni siquiera pensé en Shamira que iba tras de mí con el rostro destrozado porque a mí me había apetecido que corriera tras mi yegua. En ningún caso me había detenido a pensar que el sufrimiento de ambos era consecuencia directa de mi capricho.
Al llegar a casa la fiesta en mi honor aún continuaba. En el patio las risas de mis hermanas y primas eran histéricas.
Me acerqué seguida de Shamira y vi que habían organizado una carrera. Mi prima Raijha y mi hermana Rania, las más pequeñas de la familia, estaban de pie en el centro del patio. A sus pies, de rodillas y a cuatro patas, estaban sus sirvientas Mina y Shara. Las pequeñas sirvientas sostenían con los dientes un trozo de cuerda cuyos largos extremos sujetaban sus jóvenes amas con la mano . El resto de mis primas y hermanas hacían un pasillo a cada lado del camino de grava y jaleaban a las pequeñas.
Raijha y Rania montaron sobre la espalda de sus sirvientas y les golpearon los muslos con sus talones. Mina y Shara echaron a correr por el camino de grava mientras mi prima y mi hermana las dirigían con las riendas. El resto gritaba animando a una y a otra. La carrera duró casi un cuarto de hora. Shara y Mina apenas podían con el peso que cargaban a sus espaldas y las piedrecillas del camino se les clavaban en las manos y en las rodillas.
La carrera la ganó Raijha y mi hermana Rania se disgustó tanto que la emprendió a patadas y golpes con la pobre Shara. Tanto Mina como Shara tenían las rodillas ensangrentadas. Raijha, contenta por haber ganado la carrera premió a su «caballito» pisando un trozo de pastel y dándole a lamer la suela de la sandalia.
Madre anunció que la fiesta había acabado y todas las sirvientas tuvieron que ponerse a limpiar. El suelo del patio y del porche estaba lleno de restos de comida pisoteada y de bebida derramada.
― ¡Daros prisa en limpiarlo todo! – les gritamos a nuestras sirvientas – ¡Espabila Zohreh, aún tienes que bañarme! – le gritó a su sirvienta mi hermana Leilah, que se había dejado caer en una tumbona del porche a esperar poder disponer de su eficiente sirvienta.
― No la apremies Leilah – le dijo madre a mi hermana – quiero que lo limpien todo bien y si las amenazáis van deprisa y lo dejan todo a medias – la reprendió madre.
― Es que aún tiene que bañarme... no hay suficientes criadas para limpiar esto? – se quejó Leilah.
Y es que no nos daba la gana de hacer por nosotras mismas lo que nuestras criadas podían hacer por nosotras, para eso las teníamos y nos molestaba que madre nos dejara sin ellas aunque sólo fuese por un rato. Nosotras considerábamos que había suficientes criadas para hacer las cosas de la casa y nos fastidiaba tener que prestar a las nuestras.
― Pues te bañas tu solita... – le replicó madre – no te saldrá ninguna erupción en la piel por enjabonarte tú misma...
Leilah se molestó. La verdad es que no entendíamos a madre. ¿No eran nuestras sirvientas? Pues que nos dejara usarlas a nuestro capricho. Leilah, enfadada dio un puntapié al aire y arrojó lejos su sandalia, en una clara muestra de enfado. La sandalia de mi hermana hizo gran estrépito al rodar por el suelo de madera del porche. Madre le lanzó una dura mirada.
― ¡Zohreh... estúpida! ¿Qué no ves donde está mi sandalia? ¡Tráemela ahora mismo!
― ¡Sí ama Leilah! – respondió su sirvienta que estaba de rodillas fregoteando el suelo del porche.
Zohreh se levantó, recogió la sandalia del suelo y se acercó a la tumbona donde estaba recostada Leilah. Ésta estiró la pierna y le acercó el pie a su sirvienta.
― ¡Pónmela, estúpida... y esta noche te quedas sin cenar!
― Eso ha estado muy feo, Leilah – le recriminó madre.
― Para qué tengo que molestarme en hacer algo que puede hacer ella por mí – le respondió mi hermana que ya tenía quince años y como que estaba en relaciones con un chico y pensaban en casarse se sentía lo suficientemente mayor como para enfrentarse a madre.
― No me refería a eso... no veo que tuvieras ningún motivo para castigar a Zohreh – replicó madre.
― Desde cuando hemos de tener motivos para castigar a nuestras sirvientas? Además, sí lo tengo... estoy muy irritada... no soporto estar sucia. Ahora verás como va más deprisa.
Madre dejó escapar un suspiro de impotencia. Sus niñas se hacían mayores y cada vez le costaba más controlarnos. Ella estaba acostumbrada a que la madre del clan era el centro del mundo, que las hijas debían obedecerla y respetarla. Ella pensaba que podría educarnos según sus rectos principios de justicia y ponderación de la que ella siempre había hecho gala, pero sus hijas no habíamos salido dóciles y sumisas.
Nosotras éramos del parecer que la docilidad, mansedumbre y sumisión eran virtudes apreciables en una sirvienta pero no en una muchacha mitanni de clase alta.
Yo, al igual que Leilah y el resto de mis primas y hermanas, estaba sentada en una silla del porche esperando a que nuestras sirvientas quedaran libres para retirarnos a nuestros cuartos. Yo también necesitaba un baño urgentemente y un recofortante masaje pues montar a caballo era algo que agotaba.
Mi Shamira colaboraba con el resto de criadas en la limpieza general que había ordenado madre y esperaba impaciente que terminaran para poder llevármela. Como había dicho Leilah, para qué íbamos a molestarnos en hacer algo por nosotras mismas si teníamos una dócil sierva que lo podía hacer por nosotras...
Shamira estaba barriendo el patio. Yo la contemplaba con languidez, sentada, el brazo extendido sobre una de las mesas, la barbilla apoyada en la palma de mi mano. Noté la presencia de alguien que se sentaba a mi lado, en la silla vacía que había junto a mí. Me limité a entornar los ojos para ver de quien se trataba.
― Qué le has hecho a la pobre Shamira? – escuché la dulce voz de mi tía Admira que me preguntaba – le has estado pisando la cara? La tiene toda ensangrentada.
Me incorporé de golpe. Porqué había dicho aquello? Recordé de inmediato la escena que hacía años me había impresionado tanto al espiarla en su habitación por el ojo de la cerradura. Me giré y miré a mi tía. Me sonreía con dulzura.
― No... no... claro que no... porqué había de pisarle la cara? – pregunté azorada sentándome bien en la silla.
― Y porqué no? Podrías hacerlo, no? Si se te antojara lo harías?
Me ruboricé. Sabía mi tía que la había espiado y conocía sus extraños gustos? Me fijé bien en su rostro. Era preciosa. Tenía una belleza increíble. Todos decían que yo me parecía bastante a ella, más que a mi madre.
Ambas teníamos el cabello largo, con unos bucles suaves que caían con naturalidad sobre hombros y espalda y que daban brillo y tonalidades distintas al resto de nuestro oscuro cabello. Teníamos los ojos verdes, que resaltaban con nuestra tez morena. Labios sensuales, ni muy finos ni muy gruesos y el rostro ligeramente afilado.
A ella la encontraba sinceramente guapa pero cuando me miraba en el espejo y veía que me parecía a ella me sentía muy satisfecha. Estar en aquel momento con ella, tan cerca, me provocó un cierto estremecimiento.
― Supongo que sí... como poder podría hacerlo. Ella es una cosca y es mi sirvienta, puedo hacer lo que quiera con ella.
― La has azotado con tu fusta?
― ¡No, qué voy a azotarla! – exclamé empezando a sentirme molesta de que atribuyera el estado del rostro de Shamira a que yo se lo había causado golpeándola – iba corriendo tras de mi cuando montaba a caballo y se ha caído. Eso es todo. En la caída se ha rozado con afiladas piedras que le han producido cortes y desgarros. Eso es todo.
― Claro, claro... – comentó Admira mientras tomaba en sus manos una de las mías y me la acariciaba con ternura.
Sentí un escalofrío al notar sus manos en la mía. Me miró con intensidad y me sonrojé. Yo no hacía más que mirar hacia madre que se paseaba entre las sirvientas que limpiaban todos los estragos que nosotras habíamos causado durante la fiesta.
Había algo de pecaminoso en cómo acariciaba Admira mi mano. Me giré hacia mi tía y me la quedé mirando embobada. Algo de ella me atraía. No sabía que era, pero me sentía fascinada por ella, por cómo hablaba, por cómo se movía, por su belleza, por su elegancia por su forma de caminar, por el recuerdo que tenía de ella, pisando la cara y los pechos de su sirvienta.
Me sentía como en trance, mirando los profundos ojos y la media sonrisa de Admira cuando escuché dos palmadas secas que acababa de soltar madre, señal de que se daba por satisfecha de cómo las criadas habían limpiado el porche y el patio y por tanto nuestras sirvientas podían regresar con nosotras.
― Tengo que irme, tía, Shamira tiene que bañarme – le dije zafando mi mano de las suyas.
― Claro cariño... haz que te lave con suavidad... es muy placentero.
Shamira ya estaba junto a mí. Me levanté y agité suavemente la mano, como si me despidiera. Admira me dedicó una amplia y luminosa sonrisa.
― Vamos Shamira... tienes aún mucho trabajo – le dije endureciendo el tono al hablar a mi sirvienta.
Mientras me retiraba escuché el claro sonido de una bofetada. No tuve que girarme para saber que Leilah acababa de abofetear a Zohreh, su criada.
― ¡Pasa estúpida... hoy te vas a enterar! – escuché la voz aflautada por la irritación de mi hermana Leilah.
Oía el ruido del agua al llenar la bañera y podía escuchar el susurro que hacían los movimientos suaves de Shamira al moverse por el baño, preparándolo todo para que estuviera a mi gusto.
Mientras ella lo preparaba todo yo me había desabrochado la blusa y me había quitado la falda. Cuando entró en la habitación Shamira yo estaba en bragas y botas.
Extendí una pierna. Shamira se arrodilló para descalzarme. Me fijé en su cara llena de magulladuras y rasguños. La sangre se le había secado. Tenía un aspecto realmente lamentable. Pensé en lo que me había preguntado mi tía, sobre si le había pisado la cara a Shamira.
― Te duele? – le pregunté mientras la dulce y devota Shamira pugnaba por descalzar mi bota.
― Sólo un poco, ama Maryam.
― Cuando acabes de bañarme podrás ir a que te cure tu madre – concedí.
― Gracias ama – me respondió tras descalzarme no sin esfuerzo la segunda bota.
Me levanté y caminé descalza hasta el baño. El agua estaba a la temperatura que a mí me gusta. Me metí dentro de la bañera y me senté.
― Enjabóname.
Lo había hecho toda su vida, desde que tengo memoria. Casi a diario me lavaba ella. Sentía sus manos deslizarse por la piel de mi cuerpo y más hallá del placer que me producía el masaje nunca había experimentado nada especial, o al menos no era consciente como lo estaba siendo en aquel momento. Esta vez me estremecí. «Haz que te lave con suavidad... es muy placentero» escuché de nuevo las últimas palabras de tía Admira.
Como cada día sus manos amasaron mis pechos pero esta vez noté que se me endurecían los pezones. ¡Me estaba excitando! Me puse roja de vergüenza. ¿Se estaría dando cuenta de mi excitación? No lo sé. Shamira ponía la misma cara de siempre.
Cuando sus manos me lavaron la entrepierna y el culo me removí de manera involuntaria, como ofreciendo mi cuerpo a sus manos. Yo estaba cómodamente sentada en la bañera con el agua cubriéndome hasta la cintura y ella estaba de pie, doblada sobre la bañera para poder lavarme, en una incomodísima postura. Tenía la saya salpicada de agua.
Por la abertura de la parte superior podía ver parte de uno de sus pechos moverse al mismo ritmo que ella se movía para frotarme. Un mechón de su cabello le caía sobre la cara y se le metía por los ojos y la boca, molestándola. Con el antebrazo intentaba apartárselo sin demasiado éxito pues al momento el rebelde mechón volvía colgar sobre su carita sucia y magullada. Quise verla desnuda.
― Quítate la bata... que no ves que está sucia? – le dije sin mucho tacto, poniendo una excusa y endureciendo el tono de voz, como riñéndola por ponerse a lavarme en aquel estado.
― Sí ama Maryam, discúlpame ama Maryam – me contestó ligeramente desconcertada por mi manera abrupta de hablarle.
Shamira se incorporó y se quitó la saya. Debajo no llevaba nada. Estaba desnuda. La miré y se ruborizó. A mí no me importaba nada en absoluto que mi sirvienta me viera desnuda, es más, para mí era natural, pero Shamira sentía verdadero pudor.
Intenté hablarle en un tono más cercano, más íntimo, para intentar reparar de algún modo la manera desdeñosa en que le había hablado.
― Sabes si mi hermana Rania le ha hecho mucho daño a Shara? Me pareció que mi hermanita se enfadaba mucho al no ganar la carrera.
― No lo sé... es posible que sí. La señorita Rania parecía muy disgustada.
y Shamira volvía a frotar mi cuerpo con sus manos y yo me iba excitando por momentos.
Había iniciado aquella conversación sobre mi hermanita y su criada para hablar de algo porque tenía la impresión de que si estaba callada Shamira oiría los latidos de mi corazón y mis reprimidos jadeos.
― Cuando de pequeña te montaba siempre me hacías ganar, te acuerdas? – continué.
― Sí ama, lo recuerdo, pero no siempre te hacía ganar. Una vez me caí y tú conmigo, claro. Recuerdo que me golpeaste muy enfadada, con tu sandalia, y me dejaste tres días sin merienda.
― Es cierto – tuve que reconocer.
No me gustó que me recordara aquello. Yo ya lo había olvidado por completo pero al parecer ella no. Al parecer la herida de mi orgullo al perder la carrera de «caballitos» debió ser muy superficial, no así el hambre que le hice pasar a Shamira como represalia ni los zapatillazos que le pegué por todo su cuerpo.
Shamira ya había terminado de frotarme con jabón. Me puse en pie y ella me aclaró con agua. Yo tenía el cuerpo tenso, los nervios de la excitación a flor de piel. Salí de la bañera y me secó. Me senté en el taburete del baño para que me secara las piernas y los pies.
Cuando terminó me envolvió con una toalla seca y me puse en pie. Me fui a mi habitación. Estaba un poco desconcertada. No sabía qué hacer. El contacto de sus manos sobre mi cuerpo me había excitado de manera que nunca hubiera pensado que me podría ocurrir.
Desde que espié a mi tía por el agujero de la cerradura que aquellas imágenes habían vivido conmigo. En aquella época yo era una niña y aquella visión despertó en mí una fascinación extraña, mórbida... me sentía culpable de sentirme atraída por aquellas escenas que se me antojaban sucias y perversas.
Desde esa primera vez había ido muchas noches, en compañía de mi fiel Shamira, a espiar a mi tía y, con variaciones, las escenas se repetían cada vez... y cada vez mi cuerpo reaccionaba de manera que me sorprendía.
Ahora había llegado el momento en que mi cuerpo me pedía algo que no estaba segura de si debía hacer. Cada célula de mi cuerpo me pedía a gritos algo que desconocía.
Me paré junto a mi cama. Extendí los brazos y la toalla se deslizó hasta mis pies. Shamira, que venía detrás con mis zapatillas en las manos se quedó quieta. Me miró furtivamente para luego quedarse con la cabeza respetuosamente inclinada.
Alargué los brazos y con ambas manos la cogí por las mejillas. La atraje hacia mí. Noté en mis dedos los arañazos y la sangre seca. Shamira no se atrevía a levantar la cara. Yo no sabía qué hacer. Deseaba besarla en los labios. Eso hice. Sin soltarle la cara la obligué a levantarla y acerqué mis labios a los suyos. La besé.
Shamira tenía los labios secos que contrastaban con los míos que estaban frescos y tiernos. Los tenía secos porque su estado era febril. La pobre estaba agotada, cansada, magullada, pero tenía que servirme. Cuantas veces Shamira había tenido fiebre y no por eso había dejado de obedecer todas y cada una de mis caprichosas órdenes.
Besé de nuevo sus resecos labios. Noté que Shamira temblaba y que oponía una ligerísima resistencia. Me aparté un poco.
― Sabes qué quiero que hagas? – le pregunté.
― Aún tengo que lustrarte las botas, ama – fue su apenas audible respuesta.
― Hay tiempo, no me las pondré hasta mañana. Ya me las limpiarás esta noche. Recuerdas lo que vemos por el ojo de la cerradura cuando espiamos a mi tía Admira?
― Quieres pisarme? – me preguntó asustada.
― No, quiero que me beses entre las piernas, como Ludmila le hacía a mi tía.
La empujé suavemente por los hombros y ella se arrodilló. Yo me senté en el borde de la cama y abrí las piernas. Cogí de nuevo su cabecita y la atraje hacia mí, hacia la «cosita» que palpitaba entre mis muslos.
― Venga Shamira, sé buena... lámeme en la «cosita» – no sé porqué pero entre Shamira y yo siempre nos habíamos referido a la vulva con ese infantil y tierno apelativo.
Noté entre mis muslos la cara magullada y arañada de Shamira. Cuando apoyó sus labios en mi entrepierna sentí un estremecimiento brutal. Cerré los muslos y le apreté la cabeza con las manos. Una interminable descarga eléctrica de baja intensidad se instaló en todas las terminales nerviosas de mi cuerpo mientras duró su lamida.
Al poco ya gemía. Me tensé y aún apreté más mis muslos. Desconozco si Shamira podía respirar. Probablemente se estaba quedando sin aire porque la notaba removerse con cierto agobio pero no la permití abandonar la postura. Ella siguió lamiéndome y comencé a gritar, a dar grititos que cada vez eran más fuertes. Noté que comenzaba a descontrolarme. Me sentí húmeda, muy húmeda por dentro y por fuera.
Finalmente estallé en un mar de voluptuosas sensaciones mientras los labios y la lengua de Shamira seguían perforando mi hendidura, acuchillando las estrías llenas de viscosos fluidos que mi cuerpo no paraba de generar.
Grité y me aferré con todas mis fuerzas a su pelo, sin preocuparme de si le hacía daño. Terminé doblada sobre la cabeza de mi sirvienta, jadeando, respirando con fuerza, babeando de placer.
Relajé mis muslos y Shamira sacó su cabecita. Me miró. Tenía la cara brillante, empapada con mis fluidos corporales.
Me puse a reír. Al principio de manera controlada, suavemente, después a carcajadas. Shamira me miraba desconcertada.
Reía porque había sido una experiencia maravillosa. Me estiré en la cama y le di permiso para que fuera a ver a Nadia para que le curase las magulladuras de la cara.
Casi a diario Shamira me daba placer con la boca. Casi siempre aprovechaba las horas de la noche, cuando me retiraba para ir a dormir. Shamira, tosca al principio por su inexperiencia, fue adquiriendo una gran habilidad para arrancarme los mayores placeres con su lengua y sus labios. Poco a poco la lengua de Shamira fue convirtiéndose en una potente droga que reclamaba mi entrepierna.
Un día estaba con mis hermanas y mis primas en la piscina, que padre había hecho construir en una zona del jardín después que le insistiéramos mucho.
Nos lo pasábamos muy bien en las horas de máximo calor, bañándonos y jugando mientras nuestras sirvientas se ocupaban de seguirnos con sombrillas para protegernos, de ponernos aceites mientras descansábamos en las tumbonas, de abanicarnos si el calor se hacía insoportable o de darnos masajes en los pies para relajarnos.
Yo acababa de bañarme y me había tumbado en la hamaca. Shamira, muerta de calor tras perseguirme con la sombrilla durante casi una hora, sin poder bañarse y teniendo que estar bajo el tórrido sol del mediodía vestida con su saya gruesa, me estaba haciendo un masaje en los pies.
Oí a mi prima Fatemhe reñir con violencia a Nera, su sirvienta personal. Antes ya la había castigado sin comer nada en lo que quedaba de día por que, según Fatemhe, no mantenía la sombrilla en la posición adecuada y a mi prima le molestaba mucho que el sol dañara su piel, más blanca que la de las demás. Me incorporé un poco en la hamaca atraída por los gritos de mi prima.
Dos sirvientas de la casa, por orden de madre, habían acudido a la piscina cargadas con bandejas repletas de tortitas recién hechas para nosotras, para mitigar el hambre y aguantar hasta la hora de la comida. Fatemhe había tirado una de las tortitas al suelo porque no le gustaba. Nera la recogió como era su deber pero en lugar de tirarla a la basura se la metió en la boca. La criada intentó esconderse para comerse la galleta pero Fatemhe la sorprendió.
― ¡De rodillas, de rodillas! – gritaba enfurecida Fatemhe – ¡Maldita sirvienta... ya te enseñaré... saca la lengua y apóyala en la piedra! – Fatemhe señaló una loseta elevada bajo la cual se escondía una toma de agua a la que conectar una manguera y la loseta la protegía y a la vez potegía nuestros pies pues de pisar la llave de hierro nos podríamos hacer mucho daño.
La loseta estaba más elevada que el resto del suelo. Nera, estirada practicamente en el suelo, sacó la lengua cuanto pudo y la apoyó en la rugosa piedra. Fatemhe se levantó, se calzó las sandalias a retalón y pisó la lengua de su sirvienta.
Los alaridos de la pobre Nera movían a la compasión pero Fatemhe era muy severa con las criadas y especialmente con Nera.
Fatemhe pisó bajo la suela de su sandalia la lengua de Nera hasta hacérsela sangrar. La pobre Nera, cuando Fatemhe dejó de pisársela, no podía guardar la lengua dentro de su boca. Shamira miraba con angustia la lengua hinchada y sangrante de su compañera.
Shamira parecía tan afectada que se distrajo de su trabajo. Me molestó mucho aquella distracción de Shamira y para reprenderla y obligarla a centrarse en su trabajo la golpeé en los labios con la planta de mi pie.
― ¡Shamira! ¡Mis pies! – le dije secamente tras golpearla.
Shamira contrajo la cara por el dolor del golpe. No era mi intención dañarla pero lo cierto es que no medí la fuerza del golpe. Le había golpeado con el talón y como Shamira tenía la boca medio abierta al parecer le aplasté el labio superior contra sus dientes haciéndole mucho daño.
En seguida me arrepentí. No por haberle hecho daño sino porque podía haber estropeado aquello que más necesitaba de mi sirvienta. Para tranquilizarla me acerqué un poco a ella y le susurré para no ser oída por mis hermanas:
― No pases apuro Shamira, nunca te pisaré la lengua... es demasiado valiosa para mí.
La tía Admira, que estaba echada en su tumbona a mi lado me oyó perfectamente el comentario que acababa de hacerle a Shamira. Me giré y vi que me miraba, con una sonrisa cómplice en los labios. Enrojecí como un tomate. Admira me guiñó un ojo y yo no supe que hacer. Le devolví el guiño y me estiré en mi tumbona. ¡Qué vergüenza!
El labio de Shamira se hinchó. Daba grima de verla. Al llegar la noche tenía el labio deformado por la hinchazón.
Cuando por la noche, sin tener en cuenta el lamentable estado de sus labios, me abrí de piernas para que me besara, me lamiera y me chupara, Shamira gimió. Se había arrodillado entre mis piernas y gemía. Era su forma de darme a entender que no podía hacer lo que yo esperaba de ella.
― ¡Venga Shamira, ya sabes lo que tienes que hacer! – le dije reprendiéndola suavemente.
― Me duele mucho, ama, me duele mucho... permíteme que te lo haga con la mano...
― Pero qué estás diciendo...? ¡Me gusta que me lo hagas con la boca! ¡Venga, venga, espabila que me estoy impacientando...!
― Pero ama... mira como tengo los labios...
― ¡Eres una egoista, Shamira, sólo piensas en ti! Y yo qué? Es que no te das cuenta de que necesito que me lo hagas?
― Puedo hacértelo con la mano, ama... verás como te gusta...
― ¡Ni hablar... quiero que me lo hagas con la boca! Es que quieres que te castigue? ¡Venga, no me hagas enfadar que no me apetece azotarte!
Shamira me besó, me lamió y me chupó la cosita. Al terminar me sentí de maravilla como siempre que me daba placer. Esa noche, a pesar de que Shamira había hecho un sacrificio importante decidí castigarla. Era verano y hacía mucho calor. Shamira se estaba preparando su esterilla junto a la puerta para dormir en el suelo.
― Tengo mucho calor, abanícame, a ver si así puedo dormir – le dije.
― Sí ama.
― Y ya puedes guardar la esterilla, hoy no la vas a necesitar. Cuando me haya dormido quiero que sigas abanicándome. Hace demasiado calor y si dejas de abanicarme sudaré y me despertaré.
Shamira pronunció un lacónico «si ama», guardó su esterilla, cogió el pesado aventador y se dispuso a pasar la noche de pie agitando constantemente el abanico para que yo pudiera dormir tranquila y agradablemente.
Lo cierto es que hacía mucho calor. Esa noche me desperté varias veces y cada vez que abrí los ojos la vi en su sitio, moviendo el pesado aventador.
― ¡Quiero agua! – le dije la primera vez.
En la segunda vez que me desperté, pasadas cuatro horas, ella seguía de pie, moviendo el abanico. Hice pipí y me volví a meter en la cama.
― ¡Mueve más fuerte el abanico, Shamira... tengo mucho calor! – le dije antes de dormirme de nuevo.
A eso de las seis de la mañana volví a despertarme. Ella seguía abanicándome. Su rostro hinchado reflejaba abatimiento y cansancio. Sueño.
― ¡Tengo sed! – le dije somnolienta.
Shamira estaba agotada. Me sirvió un vaso de agua de la jarra que había en mi mesilla.
― Qué hora es? Ya clarea...
― Son las seis de la mañana, ama... ya ha amanecido...
― Vaya, es tu hora de levantarte y empezar a trabajar... verdad? – ahogué una de mis irritantes risitas.
― Sí ama – contestó lacónicamente.
― Hoy no tendrás que levantarte porque ya estás de pie – le dije dejando escapar otra de mis risitas tontas – ya puedes dejar de abanicarme y ponte a trabajar. Abrillántame bien las botas que saldremos a hacer ejercicio... – le dije antes de volver a tumbarme en la cama.
En la madrugada refrescaba. Noté que Shamira me cubría los pies y las piernas con la colcha y me dormí escuchando sus sigilosos movimientos mientras trabajaba.
Cada vez que me cruzaba con mi tía Admira me miraba y escondía una sonrisa. Yo sabía porqué me miraba de aquella manera y me hacía sentir vergüenza. De alguna manera tenía la sensación de que lo que hacía por las noches no estaba bien. Estoy segura de que si madre hubiera sabido mis actividades nocturnas con mi sirvienta se habría enfadado mucho.
Tampoco tenía idea si mis hermanas y primas mayores hacían lo mismo que yo, y por nada del mundo se lo hubiera preguntado, me hubiese muerto de vergüenza.
Toda nuestra educación, las enseñanzas que recibíamos, tanto de orden religioso como laico, anatemizaban las relaciones sexuales pecaminosas, es decir todas aquellas que se llevaran a cabo fuera del matrimonio e incluso en él debían estar encaminadas unicamente a procrear.
Nuestra sociedad, nuestra religión, nuestras costumbres, y nuestra casta en particular, eran muy rigurosas en este aspecto.
Por otra parte yo tenía acceso a la cultura occidental donde el sexo parecía ser libre y además existía la televisión e internet, medios que no dejaban de bombardearnos con temas sexuales en los que la mujer jugaba un papel importante.
En casa teníamos conexión a internet pero sólo tenía acceso mi tía Admira. Un día me invitó a su habitación y me enseñó el mundo fuera de las fronteras de nuestra gran casa.
Me quedé alucinada. Tuve la impresión de estar mirando por el ojo de la cerradura de la puerta de mi tía. Lo que vi me conmocionó. Lo mismo que había visto hacer a mi tía en aquella ocasión, y en otras muchas en que la había espiado, lo veía ahora en los videos que se descargaba de la red.
En la escuela teníamos ordenadores pero nuestras conexiones a internet estaban capadas para que no entráramos en según qué páginas.
― Qué te parece esto, pequeña Maryam? – me preguntó Admira después de varias horas visionando videos de carácter sexual en el que se veían hombres y mujeres follando, mujeres con mujeres amándose, incluso videos en los que algunas mujeres lo hacían con animales.
Estaba excitada. Me había quedado de una pieza. Mi tía se rió. Entonces me enseñó unos videos de mujeres donde hacían entre ellas cosas parecidas a las que había visto hacer a mi tía con su sirvienta. Los ojos se me abrieron como platos. Admira se rió a carcajadas viendo mi conmoción.
― Te gusta esto, pequeña? – me dijo tras visionar un video en que una joven, armada con una látigo como el que madre usaba para los grandes castigos, se hacía lamer las altas y relucientes botas que calzaba por otra muchacha y después la primera pisaba el cuerpo de la que le había lamido los pies.
Iba a contestarle que eso mismo se lo había visto yo hacer a ella con Ludmila pero habría sido delatarme y me callé. La miré fascinada.
― Pues ahora mira éste – me dijo y abrió un nuevo video.
No me caí al suelo porque estaba sentada. En el video salía ella y su sirvienta personal y hacían cosas parecidas a las que les había visto hacer mientras la espiaba.
No pude responder. Me había quedado sin habla. Muda. Atónita. El video había terminado. Pensé que aquello era brujería. Cómo podía salir mi tía en aquellos vídeos?
― No te suena de nada lo que acabas de ver? – me preguntó mi joven tía.
― No sé a qué te refieres – pude articular con escasa convicción.
― Venga pequeña... qué te piensas, que no sé que me espias por el ojo de la cerradura?
Me puse roja. Encendida. Eso sí que no me lo esperaba. Balbuceé algunas palabras inconexas mientras rehuía su mirada. Admira se puso a reír. Al parecer le divertía mi azoramiento.
― Hace tiempo que me espías. Es normal. Lo habéis hecho todas, sólo que tus primas y tus hermanas lo hicieron durante un tiempo, durante algunas tardes, y se cansaron porque como las oía no hacía gran cosa.
― Nos oías? – le pregunté sorprendida – pero si no hacíamos ruido – añadí inocentemente.
Admira me acarició el rostro y se sonrió.
― Pero criatura... si al menos veníais una docena... y encima os traíais a vuestras sirvientas. Como no os iba a oír. Pero de noche sólo venías tú...
― Con Shamira... – añadí para puntualizar como si con ello repartiera mi responsabilidad con alguien que no tenía capacidad de ser responsable porque sólo hacía lo que yo le ordenaba – y nos oías?
― Pues claro. Si no hacíais más que cuchichear y empujaros para mirar. Ahora hace tiempo que no vienes por las noches... será que Shamira te proporciona algo que te da mucho placer...
Me volví a ruborizar. Busqué a Shamira con la mirada. Ella, junto a Ludmila, estaban de pie, la espalda contra la pared y la mirada gacha, esperando que les ordenáramos cualquier cosa.
― Pero cómo sabes que era yo y no otra de mis hermanas o primas...?
― Lo sé. Me bastó observaros a todas al día siguiente y supe quien había repetido por la noche. No te avergüences, cielo – me dijo dulcemente Admira al ver que medio me escondía muerta de timidez.
― Cómo es que apareces en el video... y Ludmila también? – le pregunté un poco más tranquila al ver que Admira hacía todo lo posible para que no me sintiera mal.
Mi tía me sonrió y al tiempo chasqueó los dedos. Ludmila abandonó la pared y corrió a arrodillarse ante su ama. Admira le acercó la mano y la sierva se la besó. Le dio una orden que no entendí, se levantó y regresó con una cámara. Volvió a arrodillarse entre las dos y Admira la tomó en sus manos.
― La coloco en un punto, le doy al «play» y esto graba todo lo que sucede en la habitación. Me gusta volver a ver lo que le hago a mi fiel Ludmila.
― Y a ella, le gusta que la pises?
― No especialmente... vamos, no le gusta nada, pero Ludmila me adora. Además es mía y podría hacer con ella lo que me diera la gana.
Me asusté. Nunca me había parado a pensar en nuestros sirvientes, en el poder que teníamos sobre ellos. Para mí era algo normal, común y corriente ser servida en todo lo que les ordenara y castigarlos si no lo hacían a mi gusto.
Podía hacer que Shamira no durmiera en toda la noche porque me había molestado algo que hubiese hecho. Podía mandar azotar a cualquiera de nuestros sirvientes o dejarlo sin comer. De hecho lo hacía, y lo hacíamos todas pero como era algo tan normal y cotidiano nunca me había parado a pensar en que ellos sufrían y en que aparentemente nada les obligaba a soportar aquella situación de esclavitud. Sin embargo ellos seguían siendo nuestros siervos, seguían humillando la mirada ante nosotras, seguían teniendo que humillarse besando nuestros pies si los llamábamos a nuestra presencia. Y nosotras nos comportábamos como déspotas, como auténticas tiranas.
Qué hacía que aquellas gentes se nos sometieran tan entregadamente? Se lo pregunté a Admira.
― Son de una casta inferior...
― Eso ya lo sé, pero porqué aguantan?
― Es ley de dios... ellos lo saben. Y lo aceptan. Los coscas no se plantean si deben sorportar su condición servil, la sorportan y punto. Lo dice la ley divina y ellos son muy religiosos. A Ludmila me la trajeron del caucaso. Poco o nada tenía que ver con las costumbres de los coscas iranís pero ella es una cosca auténtica y sabe que yo soy su dueña, que puedo hacer con ella lo que quiera – mientras hablaba Admira cogió una larga aguja del pelo y chasqueó los dedos. Ludimla se arrodilló entre nosotras que estábamos sentadas frente al escritorio donde mi tía tenía el ordenador –. ¡Las manos atrás, Ludmila! – le ordenó mi tía. – ¡No quiero que grites! – añadió y entonces le perforó un pezón con la larga aguja.
Miré atónita el rostro contraído de dolor de la sirvienta de mi tía pero la joven esclava no dejó escapar ni un gemido. Admira le había atravesado el pezón, perforándoselo con la larga aguja que para colmo tenía un lado dentado, erizado de finos dientes que le desgarraron el tejido que le atravesó.
― Porqué has hecho eso?
― Porque quería hacerlo – me contestó Admira – te apetece pisarla?
― ¡Pero qué dices...! – exclamé.
― Pisarla, como me has visto hacer a mí. Hazlo, no te digo que pises a tu sierva, pisa a Ludmila... venga... – me animó mi tía al tiempo que retiraba del pezón de Ludmila la aguja que le había clavado.
Volví a enrojecer. No me importaba causar dolor a una sirvienta, de hecho si mandaba azotarla era claro que le causaría dolor, lo que me molestaba era asociar el dolor que podía causar a una criada con mi excitación sexual.
― Venga, decídete... verás que es placentero sentir su cuerpo vulnerable bajo tus pies. Es el poder lo que excita, no su dolor sino tu poder de hacerle daño – me animó.
Accedí. La pisé. Ludmila se tendió en el suelo y me subí sobre su famélico cuerpo. Le pisé las tetas, que a pesar de su delgadez tenían un tamaño más que considerable.
Admira se subió también sobre el cuerpo de Ludmila. La pisamos las dos a la vez. Yo miré a mi tía asustada.
― ¡No aguantará!
― Claro que aguantará – me dijo sonriendo y antes de que pudiera darme cuenta sus labios sellaron los míos.
Me dejé llevar. Estaba de pie, una bota sobre cada uno de los pechos de Ludmila. Las botas de Admira se hundían en el vientre de la sierva que no profería ni un lamento. Shamira nos observaba entre escandalizada y asustada pero permaneció en su sitio sin moverse.
Admira me besaba con una dulzura increíble. Siempre la había deseado pero la represión que yo llevaba encima a lo máximo que me había permitido era a desfogarme en la intimidad de mi cuarto con los labios y la lengua de mi sirvienta dando placer a mi cosita. Ahora era distinto. Ahora estaba abrazada a una mujer a la que admiraba y en todos mis sentidos supe que eso era lo que quería: amar a una mujer como Admira.
Todas mis hermanas y primas mayores que aún no se habían casado tonteaban con chicos del pueblo. Algunas de mis hermanas tenían la habitación forrada con fotos de artistas de Hollywood. En más de alguna ocasión las había sorprendido hablando del tamaño de los penes de nuestros amigos y de nuestros hermanos. Yo me sentía desplazada en esas conversaciones. No me interesaba para nada el pene de ningún muchacho.
Mientras ellas escondían sus risitas por lo picante de algún comentario yo me imaginaba besando los labios o los pechos frescos de cualquiera de mis primas y hermanas.
En estos momentos, cautivada por el largo y profundo beso de mi tía supe que eso era lo que yo quería. Ni siquiera me acordé que bajo nuestros pies, que bajo las suelas y tacones de nuestras botas sufría Ludmila cuyo cuerpo nos servía de alfombra sobre la que demostrar nuestro poder y nuestro amor.
(CONTINUARÁ)