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Cascabel 4


Durante aquellos tres días, Claudine se fue poco a poco recuperando de los golpes a los que fue sometida. Al cuarto, fue llamada por la Señora Wales, quien, como de costumbre, la obligó a desnudarse y ponerse de rodillas. Después de observarla un rato, comenzó a dar vueltas a su alrededor con la vara en la mano.

—Presta atención a lo que voy a decirte.

La Señora Wales se detuvo y, colocando la punta.........  de la vara bajo la barbilla de Claudine, le alzó el rostro.

—La cabeza erguida. La vista al suelo.

Y siguió dando vueltas a su alrededor.

—Muy bien —continuó diciendo—. Presta atención. A partir de ahora dejarás de comer en la mesa, tal y como has estado haciendo hasta ahora. Desde hoy comerás las sobras de nuestros platos, pues no mereces nada mejor, y lo harás en el suelo y a cuatro patas, sin usar las manos. Obviamente, con los perros, no aquí. Debo advertirte del peligro que esto conlleva, pues siempre hay alguno que anda en celo. Será mejor que no des la espalda a ninguno. Cuando hayas acabado, Eugene te llevará al jardín con una correa para asearte con la manguera. ¿Alguna duda?

—No Señora.

—Sigamos pues. Durante el día trabajarás en los servicios de la casa, y llegada la noche, si nadie quiere hacer uso de ti, dormirás encadenada en mi habitación. ¿Entendido?

—Sí Señora.

—Levanta del suelo y busca a Eugene. Él marcará tus tareas del día.

Y eso hizo.

La obligación de Claudine aquel día se centró en tareas básicas: limpiar, servir la comida, llevar la ropa limpia a los armarios… Y era esto último precisamente lo que hacía cuando, ya entrada la noche, escuchó ruidos detrás de una puerta. Cargada con un montón de toallas blancas que ocultaban sus senos, se acercó para escuchar. La puerta estaba ligeramente abierta. Claudine se agachó y comenzó a espiar por el resquicio. Lo que vio en un primer momento la asustó tanto que apunto estuvo de levantarse y salir corriendo, pero su curiosidad fue tan grande, que allí se quedó arrodillada para continuar observando la escena que a continuación se describe: El Señor Wales permanecía sentado en la cama, y de pie frente a él, con la cabeza gacha, su hija. "…Ya tienes quince años; no eres una niña para ir haciendo estas cosas…" decía el Señor Wales; entonces, con un tono severo, le ordenó: "Quítate la ropa". Emily se desnudó frente a su padre, y éste, dándose unos golpecitos con las palmas de la mano en las rodillas, dijo: "Vamos, túmbate aquí boca abajo". Emily se puso de rodillas y tendió el torso sobre las piernas de su padre. Entonces, para asombro de Claudine, el Señor Wales comenzó una serie de azotes en las nalgas de su hija. Emily cerraba los ojos con fuerza cada vez que recibía un nuevo golpe, procurando no chillar, algo que, pasado un rato, le resultó imposible. Solo de verlo, Claudine se estremecía. Decidió levantarse y dejar de ver aquella grotesca escena, pero al hacerlo, a causa del nerviosismo y la tensión que le provocaba la posibilidad de ser descubierta, el montón de toallas cayó al suelo, empujando la puerta hacia dentro. Claudine, muy nerviosa, comenzó a recogerlas rápidamente. Los cascabeles repiquetearon, delatando su presencia.

El Señor Wales detuvo los azotes y preguntó:

—¿Espiando, Cascabel? Vamos… no te quedes ahí y pasa.

Claudine entró con las toallas medio desplegadas.

—Lo siento Señor; me tropecé con las toallas cuando pasaba por aquí.

—Seguro que sí Cascabel, seguro que sí. No te preocupes… acércate. Eso es. Emily ha hecho algo que nunca debió hacer y estoy castigándola por ello, pero me duele la mano, así que, aprovechando tu intromisión, seguirás tú con el castigo. Vamos, azótala Cascabel.

—No me pida eso Señor, por favor… yo soy incapaz de hacer algo así.

—No me importa de lo que seas capaz o no de hacer. Si te digo que azotes el culo de Emily, lo azotas y punto. ¿Lo has entendido?

—Sí Señor.

—Pues empieza.

Las nalgas de Emily lucían un rojo intenso. Aquello despertaba la susceptibilidad de Claudine, quien sufría solo de pensar en el dolor que debía estar pasando la persona a la que más miedo tenía dentro de la casa. Pero no tenía opción, así que comenzó los azotes, intentando impactar en aquellas zonas que aún conservaban el color natural de su piel.

—Más fuerte Cascabel. Eso es… ¡más!

Emily comenzaba a chillar. Le parecía de lo más humillante ser azotada por "la sucia de Cascabel". Su rencor para con ella aumentaba a cada azote.

—¡Más fuerte! —gruñó el padre.

Claudine daba con todas sus fuerzas. Comenzaba a dolerle la mano. Casi no la sentía.

—Está bien Cascabel. Detente. Fue suficiente.

Emily se levantó y miró a Claudine con los ojos vidriosos. Claudine se asustó, pues sintió que aquella mirada encerraba el odio más grande que un ser humano pueda experimentar.

—¡Yo no quería hacerlo! —se disculpó Claudine.

—Recuerda lo que te dije —respondió Emily, tranquila—: no me mires a los ojos.

Claudine bajó la mirada.

—Vamos Emily —interrumpió el Señor Wales—. Ya sabes lo que toca.

Emily se tumbó sobre la cama, boca abajo, quedando de rodillas en el suelo. El Señor Wales separó las nalgas de su hija y dijo, señalando el orificio más oscuro:

— Mira aquí Cascabel. Ahora penetraré por este lugar a Emily, pero se trata de una entrada muy estrecha y siempre cuesta. Por ello, antes de que te coloques en la misma postura que ella para que pueda hacer lo mismo contigo, deberás lamerlo para facilitar la introducción. ¿Y esa cara de asco?

Emily giró la cabeza para ver la expresión de Claudine y, por primera vez, sonrió.

—¡Vamos papá! ¡Qué chupe ya la muy guarra!

—Cascabel; acerca la cara y chupa.

Claudine obedeció con una expresión que delataba el profundo asco que sentía. Ciertamente le horrorizaba, le repugnaba tener que meter la lengua en un lugar tan sucio y obsceno como aquel, y durante un rato vaciló.

—Veamos Cascabel. Lo acabarás haciendo de todos modos, por las buenas o por las malas. ¿Para qué hacerlo por las malas?

Tenía razón. ¿Para qué complicar las cosas? Claudine se colocó entre las piernas de Emily. Frente a ella quedó su parte trasera abierta. Solo tenía que inclinar ligeramente el cuerpo para que su cara se hundiera entre aquellas hermosas y jóvenes nalgas.

—Vamos Cascabel. Inclínate, saca la lengua y chupa hasta que yo te diga.

Claudine cerró los ojos y obedeció, sintiendo con ello las mismas arcadas que ya había experimentado en ocasiones anteriores.

El Señor Wales soltó las nalgas de su hija y se deshizo de la ropa.

—Ya basta Cascabel. Ahora colócate sobre la cama, al igual que Emily.

Las dos quedaron en la misma postura, arrodilladas en el suelo y con las piernas abiertas. El Señor Wales agarró las caderas de su hija y la sodomizó. Claudine, mientras aguardaba su turno, observaba horrorizada la expresión de Emily, mezcla de dolor y placer. Claudine era consciente que cuando llegara su momento nadie la lubricaría de forma alguna, y por ello su profanación sería mucho más dolorosa. Ese momento llegó, y nada más retirar el miembro del interior de su hija, el Señor Wales pasó al de Claudine. La penetró sin contemplaciones, cosa que la hizo gritar y agarrar las sábanas con fuerza. Emily se subió a la cama y ofreció a Claudine su oscura entrada para que, mientras era brutalmente sodomizada, la lamiera, con la intención de paliar el dolor que sufría tras la penetración de su padre. Entre las dolorosas embestidas del Señor Wales y el culo de Emily obstruyéndole el aire, Claudine apenas podía respirar. Solo cuando el padre de Emily llenó el interior de Claudine, cesó aquel horrible espectáculo.

Un día después de aquello, mientras Claudine se ocupaba de limpiar uno de los tres baños que había en la casa, Eugene fue a buscarla.

—Acompáñeme. Debe vestirse. El Doctor vino a verla.

Esta noticia aceleró los latidos de su corazón. Podían ser noticias buenas, o tal vez no. Se deshizo de los cascabeles y se vistió a toda prisa. Al bajar, el Doctor la esperaba en el salón junto a la Señora Wales.

—Mire quién ha venido a verla Claudine —dijo la Señora Wales con una agradable sonrisa dibujada en el rostro.

—Doctor… —dijo Claudine, ofreciéndole la mano.

El Doctor, con una pequeña reverencia, le besó la mano.

—Señora. Tiene mal aspecto. ¿Se encuentra bien?

Claudine agachó la cabeza.

—Solo preocupada.

—Pues no tiene motivos para estarlo; todo lo contrario. Traigo noticias muy buenas y esperanzadoras. ¿Querría acompañarme a dar un paseo por el jardín? Le irá bien tomar el aire mientras hablamos.

Claudine miró a la Señora Wales, esperando su negativa, pero ésta, abandonando la sonrisa de su rostro, asintió con la cabeza.

El Doctor ofreció el brazo a Claudine, y ésta, sonrojada, lo aceptó. Ambos salieron al jardín. El sol de media tarde brillaba en lo alto. A Claudine le parecía un jardín de lo más hermoso. Rodeaba la casa una gran extensión de pradera verde que se veía interrumpida por bosquetes de arbustos y flores como la azalea, la rosa o el gladiolo. Dando la vuelta a la casa, se abría un camino de baldosas anaranjadas bordeado de vastos setos que conducían hasta un lago artificial. Claudine y el Doctor caminaban por allí cuando ella, sintiéndose lo suficientemente alejada de la casa, dijo:

—Doctor…

—Puede llamarme Herbert, o Herb.

Claudine sonrió; una frágil sonrisa que desfiguró en una mueca nerviosa.

—Señor Herb.

—¡Oh no no! Herb a secas; es mucho más fácil.

Claudine, nerviosa, agachó la cabeza y volvió a sonreír de forma fugaz. El Doctor se detuvo y le cogió las manos con dulzura.

—¿Le ocurre algo Claudine? No debe preocuparse más; tiene mi más sincero convencimiento que todo irá bien. Ella es muy fuerte, y… ¡Oh! ¡debería verla! ¡Ya sonrie y hasta se levanta de la cama!

—Doctor. No puede imaginarse lo feliz que me hace con esto que me dice, y en parte me siento la mujer más feliz del mundo, pero solo en parte, pues hay algo que…

—Dígame Claudine; si hay algo que le preocupa, tenga conmigo la misma confianza que le tendría a su mejor amigo o a un hermano de bien para contármelo, que yo haré cuanto esté en mis manos para ayudarla.

—Verá…

Y Claudine, con voz temblorosa, y omitiendo los detalles más degradantes, le contó los horrores que había estado sufriendo en aquella casa: la humillación del primer día en presencia de su marido, la noche con Emily, la violación del mayordomo, su presentación en público… Por un instante, mientras contaba todo esto, a Claudine le pareció que aquel hombre rompería a llorar de un momento a otro.

—¡Qué monstruosidad! —exclamó el Doctor, escandalizado—. Ni siquiera cobro por curar a su hija. Lo hago como un favor personal.

EL Doctor quedó en silencio un rato.

—Estimada Claudine, seré sincero con usted. Verá… mi carrera depende de personas muy importantes en este país, y los Señores Wales tienen una relación muy estrecha con estas personas. Si les fallara, si los traicionara, mi carrera aquí se vería arruinada. Pero… ¡no debe preocuparse por eso! pienso ayudarla de todos modos.

Mientras duraba esta conversación, y sin que ninguno de los dos se diera cuenta, oscuras nubes se fueron cerrando sobre sus cabezas. De repente, sin previo aviso, comenzó a llover fuertemente. Rápidamente, el Doctor cogió a Claudine de la mano y la llevó hasta un cobertizo que había en los límites de la finca. Ambos, con las cabezas empapadas, se sentaron sobre unos sacos de serrín. El Doctor, que acostumbraba siempre a llevar consigo una chaquetilla colgada del brazo, la colocó sobre los hombros de Claudine y, con las mangas, le secó el cabello y las gotas que corrían por su cara.

—No puedo dejar que haga eso, Herb. Nuestros problemas no tienen porque afectarle

—Claudine. No sé cómo decirle esto… verá… el primer día que la vi, sentí que era usted una persona muy especial. Es difícil de explicar, y mucho más de entender, lo sé. Es como si… como si ya la conociera. ¿Sabe lo que quiero decir? Mire Claudine… lo que quiero decirle es que la quiero, que estoy enamorado de usted.

El corazón de Claudine latía con fuerza. Sus pupilas se habían dilatado mirando al Doctor. Él quería besarla; ella que la besara, y cuando sus caras se acercaron lo suficiente, Claudine cerró los ojos y se dejó llevar. Para Claudine fue aquel beso el más maravilloso de toda su vida.

—Mi querida Claudine, es usted un angel. No pienso permitir que le ocurra nada. Véngase conmigo. Viajemos a mi país y emprendamos juntos una nueva vida. Llevaremos a Alice con nosotros. Allí tendrá de todo, no le faltará de nada.

—¡Oh Herb! no puedo abandonar a Roger de esta manera.

—Discúlpame Claudine —dijo el Doctor—. Soy muy egoísta pidiéndote algo así, pero entiéndeme, yo solo quiero lo mejor para ti y para Alice.

—¡Oh Herb! Me siento confusa.

—Lo entiendo, pero piénsalo bien, será lo mejor para todos.

La mente de Claudine se había convertido en un enjambre de dudas. ¿Qué había ocurrido con aquel amor al que un día se comprometió para el resto de su vida? ¿Qué era aquello que se despertaba en su interior cada vez que el Doctor la tocaba?

—Iré contigo —repuso finalmente.

El Doctor la abrazó con fuerza.

—Ya sé lo que haremos —dijo el Doctor—, escucha: embarcaremos en el puerto de Ipswich y viajaremos en barco hasta Holanda. Allí cogeremos un tren hasta Viena, y luego viajaremos en coche hasta la ciudad de Mistelbach, mi ciudad.

El Doctor y Claudine acordaron esperar unos días, los suficientes como para que Alice pudiera afrontar un viaje tan largo sin correr ningún riesgo. El día de partida, el Doctor iría a ver a Claudine, y con la excusa de hablar con ella, ambos huirían. Un amigo del Doctor los llevaría en coche hasta el puerto. Aquello sería el comienzo de una nueva vida.

Dos días después de aquel encuentro con el Doctor, llegó a casa de los Wales una persona cuyo nombre despertó en Claudine un horrible escalofrío. Se trataba de Lord Keyworst, el hombre al que Claudine, según dijo la Señora Wales, sería cedida, y cuyos gustos calificó de extravagantes y depravados.

A su llegada, la Señora Wales hizo llamar a Claudine. Se encontraban en el salón, sentados en el sofá y en butacas, la familia Wales al completo (Emily, Elisabeth y Alexandre) y Lord Keyworst. Claudine experimentaba una extraña sensación, como de vergüenza y pudor, cada vez que mostraba su cuerpo desnudo, adornado únicamente por cinco cascabeles, ante un extraño.

—Cascabel, te presento a Lord Keyworst. Vamos… inclínate y bésale los pies. Muy bien. Quédate ya de rodillas donde estás.

Lord Keyworst era un hombre templado que difícilmente mostraba signo alguno de emoción, ya fuera tristeza, alegría o excitación.

—Lord Killworse —dijo Emily.

—¡Emily! —interrumpió la madre—. Es Lord Keyworst.

—Eso; Lord Keyworst. ¿Qué tiene pensado hacerle a nuestra puta?

—¡Emily! —gritó su madre.

—¿Queeeé?

—¡Cascabel no es ninguna de esas… "mujerzuelas de mala vida"! En esta casa nunca hemos tenido mujeres de "esas".

—¡Pero mamá! —protestó— Cascabel es una puta; una puta sucia y fea.

—¡Emily! Te prohíbo que uses esa palabra, sobretodo para referirte a Cascabel.

Emily resopló por la nariz y reprimió su rabia.

—Perdona mamá —dijo, mostrándose arrepentida—. No volveré a decirlo nunca más.

Y cambiando de estado de ánimo como quien cambia de zapatos, preguntó:

—¿Puedo acompañar a Lord Keyworst a su casa y pasar allí la noche?

El padre se opuso en un primer momento, pero acabó cediendo, siempre y cuando Lord Keyworst estuviese de acuerdo.

—Por supuesto —dijo Lord Keyworst—. Emily es un pequeño diablillo encantador. ¿Quién si no ella se atrevería a llamarme "killworse"?

Para Claudine, aquello era lo peor que podía ocurrir. En el fondo, por muy cruel que fuera la Señora Wales, se sentía segura con ella. Pero a Emily le tenía pánico, y mucho más, después de los azotes que el Señor Wales obligó a darle. Estaba segura que Emily veía en aquel acuerdo el modo perfecto para su venganza.

—Eugene —llamó la Señora Wales—. Trae la capa y la correa de Cascabel.

Claudine se tiró a los pies de su Señora:

—¡Por favor Señora! tengo miedo…, no me haga esto —suplicaba Claudine mientras Eugene le colocaba la correa.

En tanto, la Señora Wales, sentada en la butaca, le acariciaba la cabeza:

—Vamos Claudine. Nada dura eternamente. En dos días volverás aquí.

Todos se levantaron de sus asientos. Eugene ofreció la correa a Lord Keyworst y éste la cogió.

Ya en la puerta, la Señora Wales entregó una cajita pequeña de madera a Lord Keyworst:

—Aquí van dos de los tres que faltan.

Lord Keyworst asintió con la cabeza y salió de la casa junto a Emily, arrastrando a Claudine con la cadena.

Una hora y media más tarde llegaban a la gran mansión de Lord Keyworst. Toda la fachada era de piedra, y a simple vista, doblaba el tamaño de la casa de los Wales. Llevaron a Claudine al sótano, lugar donde había una larga mesa de madera con cinco correas de sujeción: cuatro para las extremidades y una para el cuello. Claudine pudo dar con espanto una ojeada a cuanto le rodeaba: las paredes eran de piedra, al igual que la fachada, y de ellas colgaban dos tablones, ambos repletos de utensilios diversos. Una mesa de madera servía de apoyo a otros tanto; a simple vista, Claudine diferenció las mordazas que Emily le enseñó en su habitación junto a un látigo de cuero negro. También habían otros utensilios que Claudine prefirió no ver.

Lord Keyworst pidió amablemente a Claudine que se tumbara sobre la mesa, y una vez lo hizo, la sujetó fuertemente con las correas, de manera que ésta quedó completamente inmóvil y con las piernas abiertas. Después apagó la luz y, junto a Emily, se fue, dejando sola en la más absoluta oscuridad a Claudine.

Se sabe que la dejaron allí más de tres horas, y que, pasado ese tiempo, regresaron. Debo advertir que la escena que ahora mismo me dispongo a contar es de una crudeza poco habitual, y es por ello que aconsejo dejar aquí la historia, pues todo lo importante, exceptuando un detalle que será recordado en otro momento, ya fue contado. Así pues, continuo con la historia:

Emily se acercó rápidamente a la mesa y, colocando su cara a escasos centímetros de la de Claudine, dijo:

—¿Me echaste de menos, Casca… puta?

—Por favor, no me haga daño —suplicó Claudine—, yo no quise pegarle. Fue su padre quien me obligó.

—Pero pudiste negarte, puta. No te preocupes; en el fondo me gustó. Y seguro que a ti también.

—No Señora Emily, no me gustó nada. Me dolió tanto como a usted.

—No te creo. No importa. Ahora han cambiado los papeles, y serás tú la que sufras. Responde… ¿verdad que eres una puta? porque lo que tu haces es vender tu cuerpo a cambio de cuatro estúpidas pastillas y los servicios de un médico sodomita. Responde, ¿no es cierto?

—Sí Señora.

—¿Sí Señora qué?

—Sí soy una puta, Señora.

—Muy bien, pues así te llamaré.

Emily se alejó de la mesa y volvió con la cajita que su madre entregó a Lord Keyworst.

—¿Sabes lo que hay aquí dentro, puta?

Claudine prefirió no saberlo.

—No Señora.

Emily abrió la cajita y sacó de ésta una anilla semiabierta, con uno de los extremos tan finos como un alfiler, de la cual pendía un cascabel.

—Hay dos. ¿Sabes donde se colocan?

Claudine comenzó a tiritar cuando vio que Emily bajaba la vista hasta sus pechos y acarició uno de sus pezones con la yema del dedo.

—¡Bien! Seguro que ya lo has adivinado. ¿Ves esta punta? el aro se clava en el pezón por este lado más afilado, y una vez lo ha traspasado, se juntan los extremos. Te van a quedar muy bien, puta. Y en vez de engancharte la correa en el collar, te la engancharemos ahí. Es mucho más efectivo para domesticar a alguien, pues un tirón de correa hace más daño que cualquier otra cosa. No pienses en ello; ya lo experimentarás.

—Mi pequeño demonio —dijo Lord Keyworst, que hasta el momento había estado ordenando los utensilios que había sobre la mesa—. Miedo me da pensar cuando crezcas.

—Yo ya he crecido. Tengo los pechos igual de grandes que esta puta. No creceré mucho más, Lord Killworse.

Ahí se equivocaba. En dos años, Emily sufriría un cambio espectacular, pero eso es algo que será contado en otro momento y en otra historia. Ahora continuemos…

Lord Keyworst se dirigió a un lado de la pared, en donde una cuerda atada a un gancho subía en diagonal hasta una polea que permanecía anclada en el techo y bajaba en línea recta a la altura de la mesa. Una vez allí, desató la cuerda y la fue arriando poco a poco. Y mientras bajaba, Claudine la observó con espanto: ésta se dividía en dos cuerdas más, y cada una de ellas tenía atada una mordaza de sujeción.

Lord Keyworst volvió a sujetar la cuerda en el gancho de la pared y se acercó a Claudine. Con una mano abarcó todo su pecho y lo manoseó, moviéndolo en círculos, mientras con la otra mano destensaba una de las mordazas. Después, retiró la mano, colocó la mordaza en el pezón y cerró la tuerca con fuerza. Claudine gritaba de dolor, por lo que Emily decidió ponerle una de las distintas mordazas que Lord Keyworst tenía encima de la mesa. Para entonces ya tenía colocadas las dos pinzas. Lord Keyworst se dirigió hacia el anclaje de la pared, desató la cuerda y estiró de ella lo suficiente como para que Claudine tuviera que separar el torso de la mesa. Después volvió a sujetarla en el anclaje de la pared, que no consistía en otra cosa que un hierro en forma de "L". Los pechos de Claudine quedaron estirados por la cuerda y deformados.

—Ahora vuelvo —dijo Lord Keyworst—, pórtate bien, Emily.

—Por supuesto, Lord Killworse.

Emily se quedó a solas con su victima.

—Bueno Claudine… ¿duele mucho las pinzas? Uhmm, por el color que tienen tus pezones… yo diría que debe dolerte, y mucho.

Se fue hacia el armario y volvió con una vara. La paseo por los pechos de Claudine, y de pronto, levantó el brazo y la azotó. El impacto obligó a Claudine a encoger el torso, estirando de la cuerda que sujetaba sus pezones y provocándole un terrible dolor.

—¿Quieres otro? ¡Claro que sí! ¡toma otro!

Y descargó nuevamente contra sus pechos. Tras varios golpes, bajó al vientre, y poco después a los muslos. Rayas rojas fueron cubriendo la piel de Claudine. El dolor de los golpes se mezclaba con el de sus pezones, que se veían torturados cada vez que su cuerpo se movía.

Emily contempló el rostro de Claudine: sus ojos brillaban, su piel hervía. Está sufriendo de verdad, pensó Emily, y eso me gusta.

—Yo tenía razón; eres una puta.

Y comenzó a lamerle un pezón al tiempo que frotaba su sexo.

En ese momento llegó Lord Keyworst con una botella de champany.

—No seas tan ansiosa, mi pequeña Emily, habrá tiempo para todo. Vamos a brindar primero por esta sesión de placer y libertinaje.

Lord Keyworst agitó suavemente la botella, aflojó el corcho y la introdujo en la vía más estrecha de Claudine; y una vez dentro, la agitó con mayor energía. Como era de esperar, el corcho explotó en el interior de Claudine, impactando violentamente en sus entrañas e inundándolas de champany. Emily no cabía en si misma del gozo que sentía. Claudine lloraba. Lord Keyworst observaba el preciado líquido saliendo de Claudine.

—¿Y el corcho? ¿cómo saldrá?

—Tu mano es pequeña; tú lo sacarás a su debido tiempo. Por ahora dejémoslo ahí.

Lord Keyworst aflojó las tuercas de las mordazas de sujeción y las retiró. Los pezones de Claudine se encontraban chafados y enrojecidos. Emily, al verlos, decidió chuparlos y morderlos.

Mientras, Lord Keyworst fue preparando los cascabeles: cogió con las tenazas una de las anillas y la colocó sobre la llama de una vela hasta adquirir un rojo intenso. La dejó enfriar un poco —lo suficiente como para poder cogerla con la mano— y se acercó a Claudine. Le enseñó la anilla, miró su pecho, la miró a ella y volvió a mirar su pecho.

—Llegó el momento Cascabel. Será rápido.

Se inclinó sobre Claudine y lamió su pezón con la punta de la lengua. La mordaza apenas ahogaba el grito de histeria de Claudine. Sin dejar de chupar, acercó la punta afilada de la anilla al pezón y, apartando la lengua, la giró. El grito ahogado de Claudine se alargó hasta que, pasado un rato, se apagó. El cascabel reposaba ahora sobre su pecho, sostenido por la anilla que atravesaba su pezón. Lord Keyworth volvió a lamerlo.

—Ahora el otro —dijo, y volvió a repetir la misma operación.

Siete cascabeles adornaban ya el cuerpo de Claudine.

—Bueno puta —dijo Emily—, ya solo te falta uno para completar el juego de cascabeles. ¿Te imaginas donde puede ir?

Fin del cuarto capítulo.



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