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Bananas: Mariano 2


—¡¿Pero qué coño haces?! —gritó Mariano desde el interior del taxi.

Como un loco se tiró para afuera, saliendo a trompicones por la puerta y viendo la extraña estampa. Yo de rodillas en el suelo mientras el taxista me agarraba de los pelos dispuesto a hostiarme a base de bien por marica.

El hombre, falto de reflejos, fue incapaz de evitar que mi amigo le echara mano al cuello, con lo que el conductor me soltó en seguida y se debatió con Mariano. Le agarró la muñeca a mi amigo con sus dos manos y le miró con los ojos apunto de salírsele de las órbitas a causa de la presión de mi colega ejercía alrededor de su cuello. En los............... dedos del tipo brilló una alianza dorada de casado. Parecía asustado, pues la mano de mi colega era como una puta prensa hidráulica, y es que Mariano tenía unos brazos y unas manos robustas que ya las quisieran muchos.

—Si le vuelves a pegar sin mi permiso, juro que te arranco la cabeza —escupió mi amigo cabreado.

Yo no estaba en condiciones de razonar aquellas palabras, pues, aún en el suelo, me palpaba la cara y recogía con la lengua un fino hilillo de sangre que se escapaba entre la comisura de mis labios. Pero de repente percibí el significado de aquella frase. ¿\"Sin mi permiso\"? Miré atónito a Mariano y comencé a levantarme mientras él seguía agarrando al taxista del cuello, que le observaba desafiante y a la expectativa. ¿Qué cojones había querido decir con \"sin mi permiso\"?

—Así que no le vuelvas a poner la mano encima, ¿me entiendes? —El taxista permaneció callado—. ¿ME ENTIENDES? —gritó Mariano con un zarandeo, ante lo que el hombre asintió.

El tipo era grande. Rondaría los treinta y muchos, era moreno, con el pelo encaracolado y aspecto brillante y grasiento, como si usara gomina, y una nariz puntiaguda que resaltaba respecto a sus facciones redondeadas, con dos mofletes redondos. Su tez era más bien bronceada, con colores rojos en las mejillas y una barba corta y dispersa que denotaba un mal afeitado de hacía un par de días.

—Eso es lo que me gusta, que la gente entienda las cosas cuando se le habla —dijo Mariano contento, y le soltó el cuello, llevándose las manos al bolsillo de los pantalones en donde guardaba la cartera.

El taxista se adecentó la camisa de cuadros azules y blancos que llevaba y masculló un \"maricones\" por lo bajo. Entonces mi colega sacó su billetera, la abrió y agitó al aire unos cuantos billetes de colores.

—¡Eh! —llamó al taxista, que ya se giraba para irse a montar al coche—. ¿Ves esto? —agitó los billetes con más énfasis—. Son 60 euros. Si te pagamos la carrera que acabas de hacer te daremos 6 míseros euros que es lo que toca, pero me apuesto el cuello a que te molaría multiplicarlos por 10. Esta carrera podría salirte muy rentable. ¡60 euros ni más ni menos!

—Mira, niñato —habló el conductor de muy malas maneras—, no me gustan ni un pelo los maricones, así que págame lo que me debéis y largos de aquí —dijo, acercándose de nuevo a nosotros. Yo observaba la escena en completo mutismo, atontado por el alcohol, que ya iba perdiendo efecto, y las dos hostias bien gordas soltadas por aquel maromo homófono.

—60 euros estoy dispuesto a darte por hacer absolutamente nada —repitió Mariano su oferta.

—Sí, claro. No hacer nada…

—¿Quieres qué te explique lo poco que tienes que hacer para ganarlos? —preguntó mi amigo—. Después puedes decidir si lo haces o no.

De esta forma la duda apareció en el rostro del taxista, que nos miraba de refilón, con el ceño fruncido por la sospecha.

—Verás. Nos vamos a volver a montar todos en el coche y vas a conducirlo hasta allí —señaló a una callejuela que lindaba con las fábricas del polígono—, vas a detenerte en un sitio discreto y simplemente vas a esperar dentro del coche con nosotros, tú sentado en tu asiento del conductor, hasta que éste mamón acabe de comerme la polla, porque estoy con un calentón que no me aguanto —explicaba Mariano muy pausadamente—. ¿Qué me dices?

—¿Queréis que os preste mi taxi para que éste te la chupe? —preguntó incrédulo el hombre. Mi amigo asintió—. ¿Y entonces por qué coño tengo que estar yo dentro del coche?

—Pues muy sencillo —fue a explicar Mariano—. Porque me pone que un tío tan en contra de los maricones como tú estés escuchando el gustazo que me da que me la chupe mi amigo marica. —La sorpresa apareció en el rostro del taxista—. Y escúchame otra cosa, que a mí estoy de los maricas no me gusta un pelo, pero esta noche mi colega se ha empeñado en comerme el rabo y no le voy a decir que no, ¿entiendes? Porque además lo hace de puta madre y me da mucho gustazo que me laman la punta del nabo.

—El dinero por adelantado —dijo el taxista sin querer escuchar más, accediendo y extendiendo la mano hacia delante.

—No. El dinero te lo daré después, cuando hayamos acabado. Ah, y la última cosa —quiso puntualizar mi colega—. También me gustaría que hicieras algo más.

—¿El qué? —preguntó el taxista.

Mariano dio unos cuantos pasos hacia mí, me rodeó y se puso a mis espaldas. Entonces me tomó por la mandíbula y me hizo levantar la cabeza un poco.

—Mi amigo me había dicho esta noche que haría todo lo que yo le pidiera. ¿No es así? —me interrogó. Yo asentí—. Bien, pues vas a dejar que este señor también te haga lo que yo diga, ¿entendido?

Ahí ya no entendía muy bien qué coño quería Mariano que me hiciera aquel taxista. Miedo me daba. Pero aún así asentí. Mi bragueta estaba que echaba humo y tener la polla dura me enajenaba, así que estaba dispuesto a que Mariano me hiciera absolutamente de todo.

—Eh, que yo no… —se adelantó a rechistar el conductor. Pero Mariano le paró.

—Tranquilo, simplemente creo que este mamón se merece unas cuantas más como las que le has soltado hace un momento —sonrió Mariano con una malicia que jamás antes le había conocido. Me dejó la sangre helada—. Tienes buena mano —comentó al taxista—, de esas grandes y duras que dan buenas hostias. Se me pone dura sólo de pensar en las que le has dado a mi amigo. —El taxista lanzó una estrepitosa carcajada al aire—. Ven, acércate —le llamó Mariano para que el taxista avanzara hacia mí—. Dale unas palmaditas en esta cara de niño guapo que tiene —pidió—. El aliento caliente del taxista me bañó la cara. Una sonrisa maliciosa se había dibujado en su boca. Me observó con altiveza y subiendo su mano, con la palma abierta, me soltó unas cuantas palmaditas en la cara que tan sólo consiguieron enrojecerme levemente la piel.

El tacto de aquella mano era duro y algo calloso, seguramente a causa de agarrar con fuerza todo el día aquel volante. Me dio unas cuantas palmaditas más, éstas más rudas, y cruzó su mirar con el de Mariano para ver si aquello había sido suficiente.

—Perfecto —se deleitó mi amigo diciendo esto—. Ahora será mejor que nos dirijamos a esa calle.

Tiró de mi y me empujó para que entrara en el taxi, cosa que hice obediente. El conductor se montó también, encendió el motor y puso rumbo a la callejuela oscura mientras que mi amigo, sentado junto a mí, se abría la bragueta ruidosamente. Mi estómago me pedía engullir aquel pollote que ahora me esperaba fláccido entre aquellas piernas. Me ardían los carrillos a causa de las palmaditas y las hostias del mamón del taxista, pero me podía la ansiedad de comerme un buen cipote como el de Mariano.

—Dame polla —gimotee atormentado, pidiéndole aquel instrumento que Dios le había dado.

Mariano sonrió, me acarició la nuca cariñosamente y con la mano libre desenfundó un gusano arrugado de gruesa carne y grueso pellejo.

—Tienes hambre, ¿eh? —musitó él en un tono inaudible. Yo le miré y me abalancé sobre su nabo, engulléndolo de inmediato. Mariano jadeó y el taxista ya paraba el coche en la oscuridad de aquella calle desierta—. Come tranquilo, vamos —me instó mi amigo—. Come despacito, que vas a tener polla todo lo que quieras y más. —Respondí con un gemido de placer. Ojala y fuera verdad, ojala pudiera comerme aquella polla todo el tiempo que deseara.

Nos sumergimos en un silencio inundado de jadeos, gemidos y exclamaciones de placer que el taxista escuchaba con la vista al frente, sin girarse un milímetro. Tanto Mariano como yo nos removíamos en los asientos de atrás, buscando mejores posturas. Llegado un momento, los cristales del automóvil comenzaban a empañarse y la ropa pareció estorbar a mi amigo.

—Tú, tío —llamó al taxista, que se volvió cuidadoso. Ante los ojos del conductor apareció Mariano, hincado de rodillas en el asiento trasero y con la cabeza y la espalda curvada para evitar darse con el techo. Su rabo asomaba duro, gordo, venoso y en toda su gloria a través de la cremallera del pantalón, del cual se deshacía en ese mismo instante.

—¿Qué quieres? —interrogó el taxista, viendo como capturaba el cipote de Mariano entre mis labios y succionaba.

—Estás muy callado —observó mi colega—. ¿Es que no te mola nada esto?

—Sólo quiero esos 60 euros, ¿entiendes? —habló malhumorado el hombre—, así que espero que acabéis pronto, antes de que la gente empiece a volver a casa, porque si no esos 60 euros no me habrán solucionado la noche.

—Mira como me la chupa —le ignoró Mariano, cogiéndome de la nuca y follándome la boca sin dejarme escapar un momento. El taxista se quedó hipnotizado viendo el metisaca. Llegado un momento, un buen chorro de saliva se me escapó de entre los labios y cayó abundante sobre la tapicería.

—¡Joder! ¡Tened más cuidado, coño! —se quejó el treintañero.

Mariano tiró hacia debajo de la goma de su calzoncillo y se quedó medio en bolas, sólo con la camiseta y los calcetines. Amarré sus buenos muslos, grandes y peludos, y hasta me permití el lujo de asirme con fuerza a unas redondas y blanditas nalgas también cubiertas de ensortijado vello que cosquilleó en las palmas de mis manos. Escalé un poco más con los dedos y logré alcanzar la profunda raja que se abría en aquel culazo de macho.

—¡Qué bien! —exclamó Mariano—. ¡Chupa, chupa! —Entonces se giró hacia el taxista—. Tronco, vente para acá atrás y ayúdame.

—¿Ayudarte? —repitió incrédulo el conductor.

—Sí, coño. ¡Vamos! —añadió Mariano, sin querer dar más explicaciones. De mala gana el conductor salió del coche y, abriendo la puerta trasera, me obligó a apartarme para hacerle un sitio.

—¿En qué quieres que te ayude? —preguntó borde.

—Mámame los huevos —me pidió. Así que me saqué su pepinazo de la boca y me colgué de sus dos gordas y morenas pelotas, que succioné deliciado. Mariano gimoteó en voz alta y se masturbó el rabo—. Mira cómo me tiene, tronco —continuaba intentado provocar al taxista, que ya nos miraba con total naturalidad, aunque con el ceño fruncido. El capullazo gordo y latente de Mariano brillaba a causa de la saliva en la penumbra del coche—. No me digas que a ti no te va la marcha —le dijo al hombre, y esperó a que éste respondiera.

—Claro que me va, pero con mi mujer —respondió.

—A mí me dejó la novia —explicó entre los gemidos que le causaban mis succiones a sus cojones de semental.

—¿Y por eso dejas que te coma la polla un marica? —preguntó incrédulo el taxista.

—Soy un cerdo —respondió Mariano—. No puedo evitarlo.

—Ya lo veo.

—¿Y tú tienes pinta de ser un cerdo también? —Sácatela, macho, y que te la chupe a ti también. Que nos la chupe a los dos juntos. Tienes cara de tener una buena polla gorda. A éste —me señaló— le gustan los rabos gordos. ¿No ves?

No les hice caso, pues seguía demasiado metido en la felación que le estaba haciendo a mi amigo, amorrado a unas bolas peludas que acaudalaban ríos de cremosa lefa que sería toda mía. Me agarré con más fuerza a su culo, separándole un poco las nalgas. En esos momentos me estaban entrando unas ganas horribles de comer culo también.

—Ya te he dicho que me dan asco los maricones —soltó con total dureza el taxista—. A proponerle mariconadas a otro, ¿entiendes? Si quieres que le parta la cara a este niño guapo, yo se la parto…

—¿Eso te la pone dura? —le interrumpió Mariano antes de que siguiera hablando.

—¿El qué? —pareció no entender el taxista.

—¿Cómo que el qué? Pues dar de hostias, joder. ¿Te pone cachondo dar unas buenas hostias?

—¿Cachondo? Joder, ¿Y yo qué coño sé? —dijo con expresión de hartura el taxista—. No suelo ir dando hostias a la gente a no ser que me hinches las pelotas. No lo hago por cachondez.

—Dios. ¡No sabes lo que te pierdes entonces! —sonrió un malicioso Mariano—. Te lo voy a demostrar—. Ven —me llamó. Me hizo incorporarme un poco en el reducido espacio de los asientos traseros. Le miré y me correspondió con una sonrisa—.

¿Estás bien? —me preguntó, acariciándome la cara con su mano.

—De puta madre —respondí.

—Vamos a probar una cosita, ¿vale?

—Lo que quieras —me mostré entregado.

Entonces, me obligó a girarme y a ponerme de cara al taxista mientras él me sacaba la camisa y me dejaba con el torso al aire. Sentí en la piel el frescor de la noche caldeado dentro del pequeño habitáculo de cristales empañados. Los abdominales se me marcaban en mi delgado y fibrado vientre y mis pezones se pusieron duros a causa del cambio de temperatura. Mariano acarició mi abdomen con su mano grande.

—Te cuidas, ¿eh? —observó contento mi amigo. El taxista me miraba con una cara de mala hostia increíble—. Siéntate —me dijo, apoyando mi espalda sobre su almohadillado vientre y pecho. Estaba claro que el metabolismo de Mariano era diferente al mío, y él no lucía abdominales, pero seguía estando buenorro. Tenía ganas de verle sin camiseta—. Y ahora, tú —señaló al taxista— tienes este bonito saco de boxeo para que pruebes a ver si se te pone dura o no la polla cuando éste mamón —me pegó un tirón de pelo que me hizo gemir— reciba tus buenos bucos, se retuerza de dolor pero te pida más porque le mola que un macho como tú le meta de hostias, ¿verdad?

Mi rabo dio un salto enorme dentro de mi pantalón, que comenzaba a estar tan encharcado como mi calzoncillo a causa del líquido preseminal que no dejaba de brotar del redondo agujero de mi capullo, como si estuviera echando una caliente y densa meada. Tuve que asentir a la sentencia de Mariano, pues mirar a la cara de aquel burro homófobo y saberle dispuesto a darme de hostias por puro placer me ponía el cipote en órbita. Pensar en que el pepino de aquel tipo se iba a poner duro y gordo por reventarme hacía que mi excitación y ansiedad aumentara. Y pensaba mantener la rica banana de Mariano en mi boca mientras el rudo taxista me daba de puñetazos en el estómago hasta dejarme sin resuello. Relajado, Mariano paseó sus manos por mis tetillas.

—¿Estás listo? —preguntó al taxista.

—¿Quieres que le reviente a hostias a este maricón? —dijo el taxista, inseguro. Mariano asintió—. Pero…

—Hazlo —le ordené autoritario, para, acto seguido, quitarme a Mariano de la espalda y ponerlo a un lado de mi cara para así capturar entre mis labios su grueso capullote. Volví a sacármelo de la boca para hablar de nuevo al conductor—. Reviéntame a bucos, me oyes. —Y es que algo superior a mí que reconocí como \"perversión\" me arrastraba a latitudes jamás antes conocidas por mí, un chaval de veintipocos años que hasta esa misma noche era tan normal. Pero es que la banana de Mariano debía de destilar una droga desconocida hasta el momento.



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