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Avisado


El teléfono móvil estaba junto a mi jarra de cerveza, en una pequeña mesa en aquel bar. El aparato me invitaba a hacerlo, pero sabia que no debía. Al final lo hice. Lo cogí y marqué su número.

-Me dijiste que no me llamarías más, -fue sus palabras, a modo de reproche.

-Si, -conteste,-pero ya ves. No soy de fiar.

-No debemos hacerlo.

-Lo se, pero quiero hacerlo. Otra vez. Ven mañana a mi casa, a la misma hora de la última vez.

Colgué sin más. Apuré mi jarra. Los culos de los vasos de cerveza siempre me han parecido amargos, pero la amargura que sentía no sabía si era por la cerveza que había de............... terminar o por lo que acababa de hacer.

Al día siguiente, esperé en mi casa. Era ya la hora. Recordaba la amenaza que me hizo su marido. Sonreí. Sonó el timbre de la puerta. Pensé- quizás es él con unos matones y me parten la cara.

Abrí la puerta. Era ella. Entró rápidamente. Cerré de inmediato y sin decir palabra pasamos al salón, donde estaban todas las ventanas cerradas. No había ninguna luz encendida, solo la vieja chimenea. Me gustaba usarla aun, a pesar del olor que desprendía a humo y madera quemada. Ella comenzó a quitarse la ropa y en pocos segundos su ropa estaba a sus pies y ella totalmente desnuda.

-¿Por qué has venido?, -pregunté.

Ella se acercó a mí y me besó. La agarré el cabello por la cola que lucía y la conduje frente a la hoguera, haciéndole ponerse de rodillas. Me senté en el sillón que yo había colocado de cara a la chimenea. Su piel adquirió un tono rojizo, iluminada por el fuego y sus ojos brillaban. Quise pensar que eran por el deseo.

Acaricie su cuello. En él había una pequeña cadena, con una perla.

-Me gusta más esta joya, -le dije y cogí el collar de cuero y metal que tenia sobre el sillón. Se lo puse y la besé. Estirando de ese collar, le hice apoyar su cabeza sobre mis piernas, acariciando su espalda. Mis manos llegaron hasta sus nalgas y las separaron. Mis dedos entraron entre ellas y penetraron en su ano. Gimió.

-¿Esto te lo hace él?, -pregunté. No contestó, solo siguió gimiendo.

Le alcé la cabeza y comencé a quitarme el cinturón. Ella miraba fijamente mis ojos. Después la puse de pie, cara a la pared. Le hice apoyar las palmas de las manos en esta, a la altura de su cabeza. Acaricie su espalda, su cuello, sus pechos y al final acaricié su coño. Empecé entonces a azotarla con mi correa. Sus gemidos y quejidos me volvían loco. Le di entonces la vuelta. Espalda en la pared, piernas separadas. Sus pechos ofrecidos a mis vulgaridades. No perdí la oportunidad y las manoseé como el villano que soy. Golpeé con mi cinturón en esos pechos. En sus ojos afloraban lágrimas.

Deje caer el cinturón por fin en el suelo y la bese de nuevo. Me senté después en el sillón. Ella continuaba junto a la pared, mirando al suelo. Yo lo hacia a la hoguera, cuando le ordené que se acercase. Ella lo hizo y se puso de pie frente a mí. Con mis manos agarré sus nalgas, acercándola a mi rostro y comencé a lamer su coño. Jadeaba. Cogió mi cabeza, presionándola contra su pubis. Lo había afeitado. ¿Seria por petición de su marido? Pensar eso me enfadó y deje de lamer.

La hice ponerse a cuatro patas. Manoseé su húmedo coño. Después la hice apoyar sus brazos en el suelo colocándome de rodillas tras ella y la penetre en su coño por atrás. A ella eso le encantaba y se corrió. La deje caer sobre el suelo y me senté de nuevo en el sillón. Entonces ella se puso de nuevo de rodillas, se acercó a mí y cogió mi pene. Lo metió en su boca y comenzó a succionar. Mis manos agarraron el collar. Sudoroso, llegué al orgasmo y llené su boca de semen. Ella lo trago sin derramar ni una gota, pasando después a introducir mis genitales en su boca, limpiándolos.

De repente sonó de nuevo el timbre. No esperaba a nadie más. Me puse los pantalones y abrí la puerta. Dos tipos enormes, con brazos como troncos, entraron en tromba. Su marido les siguió.

-Te lo advertí, cabrón.

Esas fueron sus únicas palabras y aquellos dos matones empezaron a golpearme a discreción. Él entró a busca a su mujer en el salón.

Todo fue muy rápido. Los matones siguieron haciéndome polvo, el se llevó su mujer y yo acabe en el suelo ensangrentado.

Luego, curándome las heridas, mirándome en un espejo, pensé:

-No tienes remedio. Te van a matar si sigues así.

Al rato me senté de nuevo en el sillón, frente a la chimenea. Sin pensarlo, cogí el collar que le había puesto. Lo miré. En cuanto me recuperé, volví a llamarla.



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