Fijé la vista en el mar y aspiré profundamente para captar la brisa que soplaba en ese momento. Después de muchos años volvía a encontrarme allí, en la playa donde iba a veranear con mi familia de pequeño.
Aparentemente nada había cambiado, los mismos edificios, las mismas tiendas… Todo seguía igual, lleno de gente por hacerse un hueco cerca del mar y poder abrir la sombrilla.
Fui caminando por la arena hasta llegar lo más cerca del mar posible y extendí mi toalla había ido solo aprovechando que tenía unos días libres y algo de dinero para gastar. Me apetecía rememorar momentos de mi infancia y pasar un día agradable tomando el sol y nadando en el mar.
A medida que el tiempo transcurría la playa se iba vaciando y sólo quedaba aquella gente que llevaba la comida preparada de casa. Mi idea inicial era la de comer un bocadillo.................... en mi habitación del hotel, pero recordé el restaurante que había debajo de la finca donde solíamos alojarnos y hacia allí me fui, esperando que aún estuviera abierto. Diez minutos después, bajo un calor agobiante llegué al establecimiento, abarrotado de turistas me dijeron que hasta dentro de una hora no tendrían ninguna mesa disponible. Decepcionado y con un hambre voraz decidí dar un paseo para intentar engañar a mi estómago durante la larga espera que se avecinaba.
Decidí acercarme a mi antiguo edificio, el típico bloque de apartamentos de playa con piscina y pistas de tenis. Aunque no podía entrar, quería ver cuánto había cambiado durante estos años y si aún había allí algún vecino de mi época. Llegué a la verja y intenté mirar por encima de los setos, se veía un grupo de chicas tomando el sol en la zona de la piscina y un par de niños corriendo. Continué caminando hasta llegar a la puerta, donde introduje mi cabeza entre los barrotes y eché un vistazo. Todo seguía más o menos igual, habían pintado de diferente color la puerta de la piscina y ahora había un chico que hacía las veces de socorrista, pero por lo demás, todo seguía sin cambios: los viejos sentados en sillas de plástico charlando animadamente y el viejo bar lleno de gente comprando bocadillos.
Me disponía a irme cuando de repente oigo gritar mi nombre:
- ¡Migueeeeeeeel! ¡Miguel, esperaaaaa!
No distinguía claramente de donde provenían aquellos gritos sólo alcancé a intuir que salían del tropel de gente que abandonaba en ese momento la piscina. Yo me quedé observando, esperando que alguien se acercara hacía la puerta y me hablara, pero la gente pasaba y nadie me decía nada. Cuando estaba a punto de desistir se plantó delante de mí el socorrista con una sonrisa y gritó:
- ¿Qué tal Miguel? ¡Cuánto tiempo tío! – y dicho esto me abrazó.
No sé que cara debí ponerle al chaval, porque me miró divertido y me dijo:
- ¿Qué pasa? ¡Soy Adrián coño! ¿No me digas que te has olvidado de mí?
En ese momento me percaté. Observé detenidamente al chico que tenía delante de mí. Tenía el pelo corto de color oscuro y llevaba unas gafas de sol que ocultaban unos ojos probablemente castaños. Su piel, algo oscura de manera natural, se encontraba aún más tostada por las largas horas de trabajo al sol pero, lo más característico de mi viejo amigo seguía allí: una cicatriz en la mejilla izquierda que se al caer de un muro cuando teníamos 11 años.
- ¡Hola tío! Es que no te había reconocido. Joder, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Nueve? ¿Diez años?
- Más o menos sí. Desde que dejaste de venir. ¿Cómo te va todo? ¿Has venido otra vez aquí?
- Que va. He venido a pasar un par de días que tenía libres e iba a comer al restaurante de al lado estaba haciendo tiempo.
- Que suerte que te haya encontrado. Vente a comer conmigo y así me cuentas que es de tu vida.
- Vale vale, y tú me cuentas a qué te dedicas. ¿Y qué haces currando de socorrista tío?
- Pues necesitaba pasta… Y la piscina un socorrista – dijo abriéndome la puerta -.
- ¿Dónde comemos?
- Vamos a mi casa, que tengo comida de sobra. Mi madre deja comida para un regimiento.
- Vale – dije.
Nos subimos al ascensor charlando sobre la explotación que sufría en mi trabajo de becario y en 2 minutos entrábamos en el piso de Adrián. Tampoco su casa había cambiado demasiado, prácticamente todo seguía igual, menos la vieja televisión, que había sido sustituida por un plasma y un moderno reproductor de DVD. Adrián me indicó que me pusiera cómodo mientras él se cambiaba de ropa y preparaba la comida no protesté, sabedor de que no me iba a dejar ayudarle y me senté en el sofá observando las magníficas vistas de la playa.
Al poco rato Adrián salió cargado con una pila de ropa que depositó a mi lado:
- Ayúdame a encontrar alguna prenda mía, que mi madre lo mezcla con lo de mi hermano y no hay manera de aclararse – dijo cogiendo unos calcetines suyos.
Mientras yo intentaba reconocer alguna prenda de mi amigo éste empezó a quitarse tranquilamente su ropa, quedando completamente desnudo ante mí. Yo no pude sino quedarme quieto observándolo, tu moreno se extendía por todo su cuerpo, bastante delgado. Sin nada de vello en su pecho, una línea de éste se extendía desde el ombligo hasta su pubis donde rodeaba una polla delgada que se zarandeaba sobre unos huevos de buena tamaño.
Cuando recuperé la consciencia observé que Adrián me miraba divertido, me puse rojo como un tomate.
- Jajajajaja, ¿a estas alturas te avergüenzas?
- No, es que me ha impactado, no me lo esperaba… - balbucí ya más recuperado.
- Jajajaja, vale vale. Si después de todo lo que hemos pasado tú y yo, que te pongas tan rojo – rió, y empezó a ponerse los calcetines, dejando el resto de su cuerpo al descubierto.
La verdad es que tenía razón de pequeños Adrián y yo habíamos tenido una relación bastante especial, éramos grandes amigos y nos pasábamos los veranos juntos haciendo todo lo que se nos ocurría. Por aquel entonces, Adrián sufría de fimosis, y le resultaba bastante curioso y raro ver que podía echar atrás toda el pellejo de mi polla sin experimentar ningún dolor así que, como buen amigo, le dejaba practicar y jugar con ella mientras yo intentaba, sin éxito, descapullar la suya.
Habían pasado muchos años y aquellos juegos nunca tuvieron un tono explícitamente sexual nuestras pollas no solían ponerse muy duras y nunca llegamos a hacer mucho más, hecho del que después me arrepentí.
- Veo que por fin te has operado y que ya tienes una polla como dios manda.
- Sí tío – contestó divertido -, ahora ya es como la tuya.
- Jajajaja, ¡qué va! Yo sigo teniendo piel, la tuya a quedado destapada de por vida.
- ¿Quieres que comparemos?
No supe que responder. Adrián me miraba a los ojos sin ningún tipo de malicia, tenía su alegre mirada de siempre.
- ¿Jugamos? – le dije yo.
- Vale, jajajaja.
Y dicho esto me levanté y me desnudé. Mi polla seguía flácida, al igual que la de Adrián, que la miró con curiosidad. Se sentó, quedando su cara a la altura de mi miembro, la cogió cuidadosamente con su mano y empezó a descapullarla lentamente hasta que todo mi glande quedó al descubierto. Estaba húmedo, brillante, y Adrián lo rodeó con su mano y lo apretó ligeramente un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Adrián levantó la cabeza y me miró sonriente:
- Tenías razón, es diferente. Prueba con la mía y verás como ahora ya puedes.
Me senté junto a él, y cogí su miembro. Me pareció un poco más hinchado que al principio, aunque no sabría decir si mi viejo amigo empezaba a excitarse con la situación. Rodeé su polla con mi mano y que un pequeño movimiento destapé la parte del glande que quedaba cubierta, a diferencia del mío estaba poco lubricado intenté repetir lo que me había hecho a mí, pero resultó imposible.
Le miré sin soltar su ya creciente cipote y le dije:
- Ves tío, sin saliva no puedes hacer nada y más ahora que estás comenzando a empalmarte.
- Bueno pues déjame que me ponga, que con tanto toqueteo me estoy poniendo cachondo y voy a hacerme una buena paja – dijo riendo.
Yo, ignorándole, bajé rápidamente mi cabeza y me metí su polla bastante dura en mi boca. A medida que mi lengua iba recorriendo una y otra vez su glande y lo lubricaba, éste se iba hinchando y su polla iba endureciéndose en mi boca. Adrián empezó a suspirar, yo levanté la cabeza y le miré. Mi polla se había puesto a mil.
- Llevabas deseándolo desde hacía muchos años ¿eh?
Yo no contesté, me quedé mirándolo sin saber qué decir.
- Pues ahora me toca a mí.
Me empujó hacia atrás y se introdujo toda mi polla en su boca, empezando a lamer desesperadamente. Yo me quedé de piedra, disfrutando de la espectacular mamada que mi buen amigo Adrián me estaba regalando. Mis suspiros fueron en aumento hasta que, convertidos en alarmantes gemidos, pararon súbitamente al levantarse mi amigo y mirarme sonriente.
- ¡Joder! ¿Quién te ha enseñado a chuparla así cabrón? ¡Ha sido impresionante!
- Es que soy un experto mamador además, te tenía tantas ganas desde hace tantos años… No sabes las pajas que me he hecho recordando nuestros juegos…
- Pues como yo. Y… ¿qué imaginabas?
- ¿Te lo muestro?
- Claro que sí.
Cogiéndome de una mano, Adrián me hizo recostarme en el sofá, colocándose en posición contraria a mí, y dejando su ya enhiesta polla delante de mi cara. Empecé nuevamente a chuparla, mientras Adrián hacía lo propio con la mía.
De repente recordé otra de mis fantasías, y poco a poco, fui desplazando mi lengua lentamente por sus huevos y continué bajando… Adrián adivinando mis intenciones se posicionó para que llegara a su culo, que hasta ese momento, me había pasado desapercibido. Era un culo suave, si vello como casi todo su cuerpo, y con la piel un poco más blanca que el resto. Lo abrí con las manos y poco a poco fui acercando mi lengua a su agujero, que inmediatamente empecé a lubricar y a dilatar, introduciendo uno de mis dedos. Adrián empezó a gemir. Su estrecho agujero se iba dilatando para acoger mis dedos y mi lengua en su interior. Al poco tiempo decidí aventurar un segundo dedo, y tras diez minutos dedicado a la dilatación el culo de mi amigo ya se encontraba preparado para albergar mi polla.
Una palmadita en el trasero indicó a Adrián que el momento había llegado éste, antes de levantarse, se introdujo todo mi miembro en su boca, que salió lleno de saliva. Me levanté y lo puse al borde del sofá, subiendo sus piernas a mis hombros y colocando mi polla en la entrada de su dilatado ano. Empecé a empujar, poco a poco noté como su recto iba cediendo entre los gemidos de su propietario, hasta que mi polla quedó dentro por completo. Adrián me miró con ojos muy abiertos, entre el dolor y el goce yo le sonreí y empecé a moverme lentamente, sacando casi por completo mi miembro para volverlo a meter hasta el fondo. Adrián gemía con cada nueva embestida y sus ojos parecían salirse de sus órbitas. Éramos dos personas abandonadas por completo al placer, una amalgama de carne, sudor y gemidos dedicada.
En ese momento la puerta se abrió. Adrián y yo nos quedamos rígidos y contemplamos con una mezcla de asombro y profunda vergüenza la silueta que se perfilaba en la puerta del apartamento.