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Desde aquella tarde en casa de Luis, Carlos había descubierto un nuevo entretenimiento. Aun no conseguía eyacular, pero cada vez que tenía ocasión, volvía a probar suerte. Aquella tarde no sería una excepción, y........... nada más llegar a casa, se encerró en el cuarto que compartía con Raúl, su hermano mayor. Éste no llegaría a casa hasta la noche, y su madre estaba ensimismada viendo la televisión, así que nadie le molestaría. Cerró la puerta, puso algo de música para no levantar sospechas, y se preparó unos pañuelos. Ante el calor reinante en la habitación, se quitó la camiseta, y se tumbó en la cama, bajándose los pantalones hasta las rodillas. No tenía nada con lo que inspirarse gráficamente, pero su imaginación bastaba.

Eran muchas las imágenes que se le venían a la mente en aquel momento. Su primera paja fue su punto de partida. Las sensaciones que le recorrieron aquella tarde volvían a repetirse al comenzar las sacudidas en torno a su reducido pene. Cerró los ojos y se imaginó de nuevo en la habitación de Luis, viendo aquella película tan explícita. Una espectacular rubia gritaba ante las duras embestidas de aquel negro. Mientras tanto, David y Jaime se masturbaban, agitando sus desarrollados rabos. De pronto, la rubia se desencajaba del pollón del negro, atravesaba la pantalla del televisor, y aparecía en la habitación de Luis, ante el asombro de los chicos. Su mano se posaba sobre el pene de Carlos, y empezaba a recorrerlo lentamente con las yemas de los dedos. Con la otra mano sostenía sus pequeños testículos, acariciándolos de abajo a arriba.

Un ruido sacó a Carlos de su fantasía. Afortunadamente, sólo era el teléfono, y como no esperaba ninguna llamada, continuó con su tarea. Al cerrar los ojos, la rubia volvió a recorrer con sus manos el cuerpo de Carlos, hasta llegar a sus partes más sensibles. Agarraba su pene con la mano izquierda, mientras que la derecha se entretenía con los lampiños huevos. Las manos cambiaron de posición otra vez, y ahora la mano derecha de la rubia sostenía con dos dedos su rabo, y empezaban a subir y bajar su prepucio. Poco a poco iban aumentando su velocidad, arrancándole a Carlos los primeros suspiros. Realmente debía dar gusto que te masturbara una chica, pero no debía de ser fácil conseguir que alguna lo hiciera. Carlos entonces se acordó de lo que había visto la tarde anterior en casa de Marcos. Los pañuelos usados tenían restos de semen, lo que posiblemente indicaba que Marcos y Jaime se habían masturbado no hacía mucho. ¿Se la habrían hecho el uno al otro? La idea le pareció absurda, hacer eso era de maricones, o al menos eso le parecía a él, y Jaime y Marcos no tenían mucha pinta de serlo. Pero la idea de que hubieran podido hacerlo le excitaba, tal vez por el morbo de lo prohibido.

Siguió con su tarea, pero pronto la rubia volvió a la pantalla para seguir siendo enculada por el negro, mientras Jaime acercaba su mano al pene de Carlos. Lo agarró con firmeza, y empezó a masturbarlo a la vez que el suyo. Observó a su alrededor, y David hacia lo mismo con Luis, mientras Marcos se acercaba a su posición.

Sujetándose el pene con dos dedos de cada mano, Carlos imaginó que Jaime y Marcos le masturbaban, cada uno a un ritmo distinto. Mientras Jaime le acariciaba el glande con la punta de los dedos, Marcos agitaba su mano rápidamente cerca de la base del tronco. De vez en cuando, las manos cambiaban de posición, y la mano de Marcos rodeaba todo el rabo mientras la de Jaime pellizcaba suavemente el escroto.

Se encontraba en la gloria, desde que había descubierto las pajas nunca se había molestado en tomarse tanto tiempo. Poco a poco, fue reduciendo el ritmo, y se concentró en lo que estaba sintiendo. Su escuálido cuerpo sudaba y se retorcía sobre la cama.

De nuevo, su labor se vio suspendida. Esta vez era su madre, que reclamaba su presencia desde el salón. Apuradamente, Carlos se subió los slips y el pantalón corto que tenía por los tobillos, y acudió a ver cual era el motivo de su interrupción.

Por desgracia, su madre le mandó a comprar a la tienda de abajo, y tuvo que interrumpir su labor más tiempo de lo esperado.

A su vuelta, se encerró en su cuarto de nuevo, y retomó su "coitus interruptus". Tras desnudarse completamente, se echó en la cama y empezó a agitar su mano rápidamente. No quería ser interrumpido otra vez, y se concentró en su tarea.

Esta vez no tenía ganas de andar concentrándose en lo que sentía, simplemente se dedicó a subir y bajar su prepucio con dos dedos, con movimientos cortos y rápidos. Las últimas veces que había probado a hacerlo así no había tardado más de un par de minutos en correrse, así que se puso manos a la obra, rezando por tardar poco para que nadie le volviese a interrumpir. Sin embargo, ese miedo a ser descubierto le estaba descentrando, y su erección empezaba a flojear. Trató de concentrarse en su anterior fantasía, la rubia de la peli recorriendo su pene con delicadeza, y notó como volvía a excitarse. Siguió a un ritmo tranquilo, sin demasiadas prisas, con los ojos cerrados y pensando en que era la rubia quien se la estaba haciendo. A ese ritmo no aguantaría mucho, si nadie le interrumpía, claro.

Pero como dice la Ley de Murphy, si algo puede ir mal, irá peor. Carlos estaba empezando a notar como se acercaba su orgasmo cuando de repente se abrió la puerta de su habitación. Era Raúl, su hermano mayor. Tenía 20 años, y se llevaba bastante bien con Carlos, pero aun no conocía sus últimos descubrimientos.

-¡Joder con el enano, que precoz! Verás cuando se entere tu madre.

-Yo... Es que... No le digas nada a mamá, que como se entere...

-¿Cómo se lo voy a decir, tonto? Será que a ella le importa mucho si te la machacas o te la dejas de machacar. Lo que pasa es que me ha hecho gracia, que yo a tu edad todavía jugaba con los Playmobil...

-Ya, es que el otro día estábamos en casa de Luis, y mis amigos empezaron, y...

-Venga Carlitos, no me cuentes tu vida, que he quedado. Por cierto, tengo un par de revistas debajo de la cama que a lo mejor te interesan... Esta tarde me cuentas si te gustan.

En cuanto Raúl cerró la puerta, Carlos se apresuró a mirar debajo de la cama de su hermano. Como le había dicho, había un par de revistas de chicas desnudas, bastante antiguas y poco explicitas, pero serían suficientes. Abrió una página al azar de una de las revistas, donde aparecía una chica joven enseñando sus pechos. No era gran cosa, pero a Carlos le volvió a entonar. Metió su mano dentro del pantalón, y reanudó por enésima vez su paja. La visión de aquellas tetas despampanantes excitaron al pequeño Carlos, que no tardó en mojar por fin sus calzoncillos. Nunca había tenido una eyaculación tan abundante, pero era comprensible teniendo en cuenta el tiempo que llevaba intentando correrse.

Se limpió con un poco de papel higienico que tenía preparado y guardó las revistas en su sitio. Ya tenía material para sus próximas pajas, y quizás sus amigos también. Tendría que pedirle permiso a su hermano, aunque intuía que él no las usaba hacía tiempo. "Raúl ya es demasiado mayor para seguir haciendose pajas", pensó.



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